domingo, 13 de diciembre de 2015

Cultivar la incertidumbre.

Por : Fernández Romero, Francisco

“Nunca conocí a quien se hubiese llevado
un porrazo.
Todos mis conocidos han sido
campeones en todo.
Y yo, tantas veces sucio, tantas veces cerdo,
Tantas veces vil...
¡Estoy harto de semidioses!
¿En dónde es que hay gente en el mundo?...”

(Fernando Pessoa. Poeta Portugués).

Te Equivocarás.
Originalmente pensé un título diferente para estas reflexiones. Se llamarían: “Compendio de Mis Dudas, Errores y Equivocaciones en Psicoterapia. Primera de setenta y cuatro partes”.
No esperaba escribir las setenta y tres partes restantes (ni encontraría quien quisiera leerlas), pero seguramente hallaría material suficiente para hacerlo. Lo que quiero decir es que se me da bien eso de dudar, equivocarme y tener errores. Con frecuencia dudo de si mi trabajo está siendo útil al otro, si cierta intervención fue hecha con bases claras o desde mis dudas. A veces me he preguntado si realmente sirvo para esto.
Escribo también pensando en mis alumnos de Psicoterapia que tantas veces veo detenidos por temor a equivocarse frente a sus pacientes o porque no tienen certeza de hacia donde seguir.
¿Hay terapeutas que no se equivoquen, que no duden, que no se detengan porque el siguiente paso aún es borroso o desconocido?, ¿hay terapeutas infalibles?, y sobre todo: ¿me acercaría a un terapeuta así?
Sinceramente creo que no. ¿Cómo compartir mi debilidad, mis miedos, mis deseos oscuros con quien aparenta perfección, sabiduría, invulnerabi-lidad?
Creo que un terapeuta así me diría –aún sin palabras- que lo que soy no es suficiente, que solo lo sería en la medida que me acerque a esa imagen impecable. La advertencia que nos hace Robine acerca de la vergüenza me resulta contundente: “Imaginaos hasta que punto es  extremadamente fácil para un terapeuta, para un supervisor, para un formador colocar a quien está acompañando en una situación de vergüenza dirigiéndole implícitamente el mensaje de que sería mejor ser otro distinto de quien es” (Robine, 2006 p.36)

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(*) Francisco Fernández Romero. Licenciado en Pedagogía. Psicoterapeuta Gestalt individual y de grupo. Especialista en Sexología Clínica, Sexología Educativa.

Hoy sé que varias de las experiencias más significativas vividas con mis terapeutas han surgido a raíz de descubrirlos falibles, de verlos dudar y de que me fueran evidentes sus heridas.
¡De modo que tú también! ... eso he pensado ante su fragilidad. No es que no supiera que tenían errores... lo sabía, pero eso no podía compararse con el hecho de mirarlos ante mí. Tú también. Entonces eres como yo. Y si ante mí aparece tu vulnerabilidad, entonces puedo mostrar la mía sin miedo a ser menos ante tus ojos, sin avergonzarme.
Creo incluso, que solo hasta que vi las heridas y los titubeos de mi terapeuta fue que pude acercarme realmente y mostrarme de verdad.
Recuerdo ahora mi trabajo con Alma, una paciente con quien empezaba a construir nuestra relación. Aquella sesión me habló de su autoexigencia y de su cansancio. La invité a poner atención a sus sensaciones y sentimientos al contarme aquello. “Lo que encuentro aquí dentro es un basurero”, me dijo. Esas palabras me impactaron, sentí un vacío en la boca del estómago, puse atención.
“Cuando te escucho hablar así de ti –le dije- me enojo. Y en seguida siento ganas de alejarme”, y  diciéndolo puse más distancia entre ella y yo. Justo entonces me di cuenta de lo que le pasaba con mis palabras. Vi sus ojos humedecerse y su barbilla temblar... y en ese momento supe que lo que acababa de decir no le servía de nada, todo lo contrario: la avergonzaba y confirmaba que su experiencia estaba mal. Lo que yo experimenté, el enojo y las ganas de distanciarme, no era falso, pero fui sumamente torpe al expresarlo así. Y logré justo lo contrario a lo que quería.
Nos alejábamos, lo sentí claramente. Lo que habíamos logrado construir hasta ese momento se tambaleaba. Casi podía percibir que el delgado hilo que nos unía estaba por romperse.
Entonces decidí decirlo, justo eso, tal como lo sentía: “Parece que estoy haciendo lo contrario de lo que quisiera. Quiero acercarme a ti y me alejo. Quiero validarte y parece que te descalifico. Fui muy torpe al decirte eso Alma, muy torpe”.
En ese instante su mirada cambió, parecía asombrada. Nos quedamos en silencio un momento, sentí calor en mi rostro, y esa suave vibración que reconozco cuando me acerco a la frontera. Algo ocurrió. El resultado no deja de sorprenderme todavía: nos acercamos como nunca antes, y a partir de ese momento construimos juntos una relación de mayor intimidad y riesgo. Aún dudo si habríamos llegado a ese nivel de cercanía si no me hubiera equivocado en aquella sesión. Creo que no.
De inmediato pienso en Benjamin Zander, director de orquesta y maestro. Cuando uno de sus alumnos se equivoca, se detiene, le hace ver el error y en seguida sonríe y pregunta al grupo: “¿Saben cómo responder ante un error?... ¡Qué fascinante!”. Yo estoy completamente seguro que como terapeuta he aprendido mucho más de mis equivocaciones que de mis aciertos.
Ahora sé que no hay manera de evitar equivocarme, así de simple. Ojalá  ocurra cada vez menos, pero ocurrirá más allá de mis conocimientos o experiencia. No quiero olvidar que cuando eso pase me corresponde decirlo, sin ocultarme en tecnicismos o en mis teorías, aquellas que, dice Antonio Sichera, puedo usar “...casi como un arma que se desenfunda en el momento oportuno para hacer valer una presunta superioridad en relación con el otro”.  (Sichera, Antonio en Spagnuolo, 2002 p.38)
Y confío que el simple hecho de aceptarlo y decirlo me permita acercarme a mi paciente de una forma más auténtica y transparente. 
Más aún, cuando me equivoco como terapeuta y lo digo, estoy siendo terapéutico, estoy diciendo que en este espacio que co-creamos es válido errar, que eso no nos hace menos y que a pesar de esos errores -o quizá por ellos- podemos encontrarnos. Estoy diciendo que tenemos derecho a ser como somos.
“Cuando se está presente se acepta ser visto tal y como se es (...) Se renuncia a la necesidad de gustar, de parecer.
...Estar presente es sentirse a la vez poderoso e impotente: poderoso en el sentido que se tiene fe en la capacidad de ayudar al paciente, impotente porque se sienten los límites frente al otro que está ante uno” (Schoch de Neufron, 2000 p. 106)

Sin duda, hacer terapia es hacernos más conscientes de nuestros límites personales. Alguna vez, conversando con una amiga terapeuta de otra corriente me decía lo “peligroso” de que muchas personas se hagan terapeutas para compensar sus carencias y llenar sus vacíos.
Me queda claro que efectivamente sería riesgoso que fuéramos terapeutas solo por esa razón y nos olvidáramos del otro, del paciente que está frente a mí.  Sin embargo también me pregunto si hay otra forma de ser terapeutas que no sea desde nuestras carencias y vacíos. No lo creo.  Al menos en mi caso, una de las razones que me hacen serlo es compensar estos huecos personales. Así soy, así llegué a este camino. Y es verdad: al hacer terapia sano mis propias heridas. No encuentro otro modo de hacerlo.
Me asumo como una persona sumamente aislada, con una enorme tendencia a retroflectar, a detenerme. Y me doy cuenta que mientras estoy dando terapia puedo salir de este aislamiento y retroflexión. O al menos lo intento constantemente. Posiblemente no hay un lugar en donde hable más de mí y donde me exponga tanto como en mi consultorio. Allí percibo con mucha claridad mis formas de detenerme y día a día trato de enfrentarlas. ¡Dar terapia me sana!
No puedo ser terapeuta sino desde mis carencias. Si para ser terapeuta debo esperar a no tenerlas... sencillamente nunca lo seré.
Recuerdo las palabras de un maestro, hace algunos años, cuando empezaba a hacer prácticas de terapia sexual. Aunque habían pasado ya varias semanas, yo aún no tenía pacientes. Sencillamente no me sentía preparado... temía equivocarme.
“O sea que no tienes pacientes por miedo a equivocarte –me dijo-. Te voy a ahorrar la incertidumbre: te equivocarás. Sin duda, te vas a equivocar. Tarde o temprano te vas a equivocar. ¿Cuánto más vas a seguir esperando?”
Y tenía razón: me equivoqué. Me sigo equivocando.
Los terapeutas nos equivocamos. Las personas nos equivocamos. Lo verdaderamente importante es estar dispuesto a aceptarlo y decirlo. Y no quedar detenido en espera de una infalibilidad que nunca llegará.
De nuevo recurro a Benjamin Zander. En el video “Living On One Buttock” (Viviendo A Una Nalga), pueden verse diferentes momentos de su trabajo como maestro, y siempre es sorprendente cómo enfrenta los límites y errores de sus alumnos. Las equivocaciones siempre son convertidas en oportunidad de aprender algo.
A una alumna que toca el violín con inseguridad, le dice: “Tenemos dos personas en el escenario:  una de ellas toca el violín, la otra te susurra al oído: ‘no practicas suficiente... ¿sabes cuántas personas tocan mejor que tú?... recuerda que la última vez lo hiciste mal... lo vas a echar a perder otra vez’... –la chica ríe y él la mira con ternura- Se trata de contribuir, ese es nuestro trabajo (...) Contribuir con algo. ¿Lo harás mejor que el próximo violinista? No sé ni me interesa.  Porque nadie contribuye mejor que otros. Eso es todo... ¿Ves como los rostros se iluminan cuando lo digo?”
Eso es lo conmovedor del trabajo de Zander: decir claramente a sus alumnos que cada uno contribuye con lo que es. Y lo que somos incluye nuestras carencias, nuestros vacíos, nuestras dudas y errores.
Más adelante, al trabajar con Iva, una joven cantante, vuelve a ser enfático: “Sigue la voz de Iva y sonará más poderosa que la que dice ‘No’.  Porque la voz que dice ‘no’ en realidad no es interesante, solo repite: no... no... no... no. Pero la de Iva dice así... –y Zander se pone a cantar-. ¿Qué voz escucharás?”
Y la cara de Iva se ilumina.

Soy terapeuta con mis errores y carencias. Me equivocaré. Te equivocarás. Esto soy. Esto somos. ¿Sigo pensando que no es suficiente?
Muchas veces siento ganas de contar a mis pacientes, a  mis alumnos, a mí mismo, la anécdota que recuerda Yalom:
“Cuando Ram Dass se lamentó de que no se sentía preparado para partir debido a sus muchas fallas e imperfecciones, su gurú se puso de pie y muy lenta y solemnemente dio una vuelta alrededor, que concluyó con un pronunciamiento público: ‘No veo ninguna imperfección’ (Yalom, 2002 p.35)

El Derecho a No Saber.
Supongo que a todos nos ocurre, pero encuentro que me ocurre aún más cuando intento trabajar en la frontera de contacto, en ese espacio vivo y dinámico que es la relación: doy un paso en el trabajo, luego otro y luego... no tengo idea de cómo seguir. Mi paciente está allí, frente a mí, y yo en silencio ante esa experiencia inquietante de no saber.
Me siento en blanco, con la tentación de hacer un rápido repaso de todo lo que creo saber sobre psicoterapia, de recorrer cada concepto aprendido, cada autor consultado. Pareciera que el tiempo avanza más lento, y se hace casi tangible, como si pudiera ser tocado.
Es también una experiencia de vacío. Y es como si quisiera llenar ese vacío con mi propia autoexigencia, con miedo a que mi imagen de “buen terapeuta” se resquebraje, con prisa por salir de ese espacio-tiempo vacilante, con mis juicios y proyecciones.
Sencillamente no sé qué paso dar o hacia donde seguir. Seguramente te ha pasado, ¿verdad?
No es fácil. Siento que el otro me espera impaciente, que estoy solo con mis preguntas y mi vacío. ¿Qué hacer entonces? Me parece que la respuesta es más simple que lo que parecería: esperar.
Sostenerme, sostenernos en este no saber sin adelantarme y sin recurrir a soluciones artificiales. Esperar no sabiendo, dejándonos sentir la tensión que impregna los segundos. Esperar permitiéndonos habitar por un momento la experiencia del vacío.
Esperar.
Porque si partimos de una visión relacional, este ‘no saber’ no es solo el resultado de la “incompetencia” del terapeuta (de mí incompetencia), sino una experiencia de campo. ¿Es posible que este ‘no saber’ ser una co-creación del paciente y mía? Y si es así, ¿para qué está entre nosotros? ¿qué dice este ‘no saber’ del paciente, de mí, de nuestra relación? ¿qué nos decimos uno al otro con este espacio en blanco, con esta tensión que se alarga?
Si no esperamos corremos el riesgo de perdernos de esta verdad, que por incómoda que sea es lo que está.
Esperar entonces. ¿Qué? Nada. Más bien estar abiertos y receptivos a lo que desde allí nazca.
“Somos susceptibles a lo imprevisible. La transpasibilidad es esa capacidad infinita de apertura, de quien está ahí ‘esperando, esperando, esperando nada” (Maldiney en Robine, 2006, p.90)
Si esperamos descubrimos que el vacío no es tal. De él surgen señales, sensaciones, sentimientos.
Se trata de permitirnos la espera para mirar. Mirar de nuevo pero desde un lugar distinto, mirar el espacio entre nosotros, quitar mi atención de las respuestas que no llegan y llevarla a todo lo que se despierta en mí ante el hecho de no saber frente a ti. Esperar atendiendo juntos este ‘no saber’ que es nuestra creación.
Esperar pacientemente, teniendo en cuenta lo que tantas veces me recordaba mi queridísima Carola Diduch: “el ritmo del alma es lento”.

Hay otras posibilidades a mi alcance cuando no sé que hacer:
Poner atención a lo no verbal. Observar con más calma lo que está sucediendo en el cuerpo de mi paciente, aún los pequeños detalles, con una curiosidad renovada.
Poner atención a lo que está pasando conmigo, a mis sensaciones y sentimientos surgiendo aquí  y ahora ante el paciente... y expresarlo.
Poner atención a aquello a lo que no estoy atendiendo. Muchas veces me descubro dando vueltas una y otra vez sobre lo mismo, en un aparente callejón sin salida. Entonces, trato de llevar mi mirada a aquello que no he advertido hasta ese momento. Me pregunto: ¿hacia dónde no estoy mirando? En muchas ocasiones esto me permite renovar mi mirada y encontrar una posibilidad no contemplada hasta entonces.

Muchas veces me enfrentaré a no saber. Doy un paso, doy el siguiente y luego... de nuevo no sé. Y no saber también es mi derecho aunque a veces lo olvide, aunque a veces me exija tener respuestas para todo y ver lo que no veo.
Eso: mi derecho. El que quiero reconocerme y defender. Mi derecho a no ser perfecto, a no ser infalible, a equivocarme.
Mi derecho a que se me desanuden las agujetas a veces, a tener miedo al agua fría, a resfriarme, a llorar en las películas cursis, a no saber leer mapas, a dejar la luz del closet encendida cuando es de noche, a guardar un muñeco de la infancia, a tener algún agujero en el calcetín, a olvidar dónde dejé las llaves. Mi derecho a ser humano y, por lo mismo, a no saber.

Ah, por cierto... somos dos.
Parece tan obvio y sin embargo a veces lo olvido y quizá te ocurra lo mismo: en terapia Gestalt somos, al menos, dos. No estoy solo en mi no saber, no tengo que encontrar respuestas sin contar con el paciente. Doy un paso, luego otro, luego... no tengo idea. ¡Pero hay alguien frente a mí!, hay otro que mira las cosas desde su perspectiva, hay otro involucrado en esta experiencia que no es mía ni suya, sino nuestra.
Cuando no sé qué hacer puedo recurrir al otro. En terapia de grupo esto sucede con mucha frecuencia: si el terapeuta no sabe cómo seguir, pregunta al grupo. Y normalmente el grupo sabe. No tiene que ser distinto en la terapia individual (que aunque llamamos individual nunca es de uno).  Siempre puedo preguntar a mi paciente hacia dónde seguir, qué paso toca, qué necesita de mí o de éste espacio en cada momento.
¿Cuántas preguntas nos hacemos los terapeutas frente al paciente?, ¿cuántas dudas acerca de si lo que proponemos será útil?, ¿cuántos temores revelándose en la relación?
¿Si digo lo que siento le ayudaré, lo lastimaré, nos alejaremos, cambiará nuestra relación?, ¿Cómo reaccionaremos él y yo si doy este paso que ahora se me ocurre y que me parece tan nuevo?
Trabajando con Guy Pierre Tur en el grupo de supervisión aprendí que muchas de esas preguntas que me hago como terapeuta a solas (el pensamiento autista del que nos habló Carmen Vázquez en uno de sus talleres) o las que hago al supervisar, son preguntas que podría hacer directamente a mi paciente. ¿Porqué quedarme solo cuando frente a mí está quien muy posiblemente tiene una respuesta? Y si no la tiene, ¿no es mejor explorarlo juntos ya que se trata de algo nuestro?
¿Perdemos algo al permitirnos no saber frente a nuestros pacientes?
Sí, sin duda: perdemos nuestra posición de privilegio. Pero me parece que justo esto, “Renunciar al poder del terapeuta, a la posición de saber y de dominio del otro” (Robine, 2006 p.84) es un requisito si deseamos trabajar verdaderamente en la relación, con todo el riesgo y toda la belleza que esto implica. O en palabras de Frances Vaughan: “Para entrar en una dinámica relacional curativa debemos confiar lo suficiente en una relación y arriesgarnos a quedar indefensos" (Vaughan, 1991 p.271)

“... Donde Solo es Real la Niebla”
Estoy trabajando con Lucía, una paciente que lleva unas pocas sesiones conmigo. Viene  con una profunda experiencia de desamor: el hombre al que ama ahora está con otra persona. Su dolor está totalmente presente. Ella quiere dejar de sentirlo ya y yo le digo que quiero ser respetuoso y paciente con ese dolor que habla de lo importante que es su amor. Avanzamos  poco a poco, y en la medida que se restablece aparece una nueva y profunda herida ligada al desamor: su total desconfianza hacia los hombres.
“Ahora creo que ningún hombre es totalmente confiable”, me dice.
Yo le recuerdo que soy un hombre y que estoy allí, frente a ella. “Pero tú eres diferente”, me asegura. Y yo... pienso en las muchas veces que no he cumplido mis promesas, en las personas a quienes he lastimado aún amándolas, en las cosas importantes que olvido, en...
Dudo en decirlo, aunque sé que es verdad, que decir cualquier otra cosa sería mentirle, pero no tengo la menor idea de hacia donde nos llevarán mis palabras. Se las digo: “Pues soy un hombre, estoy ante ti y no soy, nunca he sido totalmente confiable”.
Lucía se sorprende. “Pero tu nunca lastimarías a alguien a quien quieres”, me dice y me mira con algo que parece esperanza.
“Me gustaría poder decirte eso –respondo- pero no es así. Algunas veces he lastimado a quienes más amo, quizá muchas... y al decírtelo siento vergüenza.”
Me mira en silencio. Me parece percibir desilusión en sus ojos, pero quizá no sea sino mi proyección. ¿Qué sigue de un momento así?, ¿cómo será nuestra relación a partir de este momento? ¿No hice lo contrario a lo que ella necesitaba? Me dice que no confía más en los hombres ¡y yo respondo que no soy confiable! Y al momento de decirlo, dudo si hice bien, y me doy cuenta que nuestra relación queda suspendida en un espacio sin certezas en donde aparentemente nada es seguro ya.
La incertidumbre.
Cada vez que la siento y entro en ese espacio, recuerdo el poema de Octavio Paz que para mí describe esa experiencia:

“Mis pasos en esta calle
resuenan en otra calle
donde oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde sólo es real la niebla”
                                   (Paz, 1989 p.108)

Sencillamente no creo que sea posible hacer un  trabajo terapéutico en la frontera de contacto sin atravesar por esta zona de niebla que es la incertidumbre. Incertidumbre que quiere decir, no tener certezas.
¿Y cómo podría tenerlas si nuestro encuentro está surgiendo, haciéndose en el momento mismo que ocurre? Cada paso que doy abre la posibilidad a muchísimas posibles reacciones y me lleva a un lugar totalmente nuevo.
Puedo saber desde dónde parto, pero no hay forma de saber con certeza a donde llegaré. Cuando digo a Lucía que no soy totalmente confiable sé que lo digo porque es la experiencia que vivo en ese momento y porque creo que toca poner entre nosotros lo que está sucediendo en mí. Pero eso no me hace saber hacia dónde llegaremos. En el momento de decirlo doy un paso hacia la niebla.
No es posible trabajar verdaderamente en la relación y saber con antelación lo que ocurrirá, ¡es contradictorio! Porque cualquier cosa que ocurra surgirá estando en el campo, no antes ni afuera. Más aún: lo que ocurre no es resultado directo de lo que yo hago ni de lo que hace mi cliente. Es la situación la que toma el mando, y esta es creada por ambos pero no sólo por ambos, sino también por todo lo que aquí y ahora –lo sepamos o no- configura el campo.
Lo dice Silvie Schoch cuando habla de “... mi apertura a lo desconocido, mi propia fe en lo que pudiera ocurrir de imprevisible. Mi capacidad para dejar ese espacio entre nosotros, vacante, y para desposeerme de mi deseo de ser artífice de lo que ocurre”. (Schoch de Neufron, 2000 p.137)

Y también Antonio Sichera:
“La verdadera experiencia no nos permite previsiones tranquilizadoras, nos toma y nos lleva: la hacemos en cuanto ella nos hace (...) El terapeuta y el paciente, en el momento en que aceptan la aventura del contacto y se ‘ponen en juego’, no pueden pretender controlar la experiencia en su transcurrir: les supera y les contiene, haciendo explotar sus intenciones y presuposiciones del inicio” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.43)

Así me es mucho más clara la idea de que el saber terapéutico se relaciona con la phrónesis (saber moral), en contraposición con  epistéme (saber teórico) o téchne (saber técnico):
“Es distinto el caso de la phrónesis (...) el hombre dotado de tal virtud (...) no sabe lo que es justo hacer, salvo al vivir la práxis, porque el bien no es una norma abstracta para aplicar, sino un criterio axiológico intrínseco a la situación misma.” Y más adelante: “El saber del terapeuta no es, por lo tanto, una teoría a aplicar sino un sentido a encontrar en la realidad” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.40)
El terapeuta no sabe, no puede saber  “lo que es justo hacer” fuera de la situación. El sentido se encuentra en la realidad, no fuera de ella, no en un plan preconcebido. Hace falta estar allí sin saber, sin mapas, sin seguridades, porque solo en ese espacio-tiempo de niebla es posible construir el paso siguiente.
Y es que soy mi propio instrumento –eso que decimos tantas veces-, lo que significa que cuento con lo que siento y soy para acompañar terapéuticamente al otro. Veo la situación desde mi perspectiva, no puedo hacer otra cosa. “... ese descubrimiento está articulado sobre mi propio trabajo de diferenciación, es decir, lo que se ha convenido en llamar mi subjetividad, y que esta subjetividad es incontestablemente emocional”.  (Robine, 2006 p.85) Y por ser emocional, nos recuerda Robine remitiéndose a Perls, Hefferline y Goodman, es falible. Es así: soy mi instrumento. El instrumento con el que hago terapia es humano y por lo tanto falible. ¿Cómo podría haber certezas con tal instrumento?
Un trabajo central en la terapia es crear una situación de urgencia de alta intensidad que permita al paciente salir del ajuste neurótico que lo mantiene en situaciones de urgencia de baja intensidad crónicas. Al aumentar la intensidad de la urgencia, abrimos la posibilidad a que el paciente intente ajustes novedosos y creativos. Se trata, dicen Perls, Hefferline y Goodman  de... “Mantener la situación controlable, pero no controlada: que sea sentida como segura ya que el paciente ha llegado a un estado en donde es necesario inventar el ajuste requerido, en lugar de reprimirlo de manera no deliberada” (PHG p.81)
Pero a veces olvidamos que la situación de urgencia aumenta en intensidad no solo para el paciente, sino también para el terapeuta. Cuando nos ponemos en el trabajo, esa intensidad es experimentada en la propia piel. No puede ser de otra forma porque como terapeuta formo parte de la situación, no estoy fuera de ella.
“El self no conoce por anticipado lo que va a inventar, ya que el conocimiento es la forma de lo que ya se ha producido. Es cierto que el terapeuta tampoco lo sabe, ya que no puede vivir el crecimiento en el lugar del otro; simplemente forma parte del campo”. (PHG p.183)
La incertidumbre es entonces un estado que compartimos el paciente y yo. Comprendo entonces las palabras de Peter Philipson en el taller que impartió hace unos años: “En el encuentro terapéutico –decía- deben haber al menos dos personas asustadas”.
En aquel taller nos recordaba que un cierto nivel de ansiedad nos señala que en realidad estamos trabajando. Si no hay ansiedad es muy posible que lo que hacemos con el paciente es lo ya conocido, lo ya explorado, lo cómodo. La aparición de la ansiedad nos avisa que nos acercamos a la novedad. Y se trata de que esa ansiedad sea experimentada por ambos,  paciente y terapeuta.
¿Qué tan presente está  ese nivel de ansiedad en mi trabajo?, ¿qué tan seguido me permito caminar por la zona borrosa de la incertidumbre? Ahora pienso que si no me ocurre con frecuencia, debería revisar si mi trabajo terapéutico realmente se aproxima a la frontera.
Muchas veces veo a los alumnos de psicoterapia deteniéndose en su trabajo porque no saben a dónde llegarán. Están ante el paciente y quisieran vislumbrar el final de la historia. La mayoría de las veces eso no es posible. Me parece que trabajando en la frontera de contacto solo puedo ir paso a paso. Permanezco allí, dejándome impactar por lo que sucede en la situación y entonces puedo proponer el siguiente paso. ¡Sólo el siguiente paso!, porque luego de darlo, es posible que vuelva a la incertidumbre. Un paso a la vez, y cada paso me lleva a un momento nuevo desde el que tendré que crear el siguiente paso sin saber aún hacia dónde llegaré finalmente.
Cuando intento conocer anticipadamente el final de la historia, pierdo la energía y la atención que requiero para lo verdaderamente importante: construir el siguiente paso, sólo el siguiente.
Si decido esperar a que no haya incertidumbre en mi trabajo, acabaré detenido indefinidamente. Eso no ocurrirá. La única opción real es asumir la incertidumbre y continuar caminando llevándola conmigo.
E incluso más: la incertidumbre no es una consecuencia inevitable o un mal necesario en el trabajo terapéutico. Por el contrario, en realidad, hacer terapia es llevar al paciente, acompañándolo, hacia  la incertidumbre. Y al decir “acompañándolo” no me refiero a ser un espectador externo de su caminar por la niebla, sino a entrar en la niebla con él.
Lo que hacemos en terapia no es estabilizar las cosas sino lo contrario. Al entrar en la niebla los caminos conocidos se desdibujan, los límites se hacen borrosos, la función Ello se activa y el equilibrio se rompe. ¡Y de eso se trata!, porque en el completo equilibrio no hay posibilidad de movimiento.
“Solo puede producirse un ajuste cuando existe un desajuste, cuando hay un desequilibrio, así que podríamos incluso preguntarnos si no sería mejor hablar de desequilibrio creador, siendo el ajuste creador meramente la fase final de todo un proceso de reconstrucción”.  (Delacroix, 2004 p10)
Se trata de cultivar la incertidumbre, de abrazarla, porque solo desde ella podemos crear posibilidades inéditas.
“Sólo situándose en el diálogo con los elementos observados, sin buscar poder sino una relación de intercambio, de cocreación, sin certeza acerca de lo que va a ocurrir, se puede acceder a una forma de realidad distinta. Y esta realidad es nueva cada vez... “ (Schoch de Neufron, 2000, p.105)
Lo seguro, lo cierto, es sin duda más fácil, pero nos mantiene en lo que ya conocemos, firmemente anclados en la función personalidad, congelados.
Permitirnos la incertidumbre es soltar la cuerda que nos une a esa seguridad. Entonces surge la posibilidad de ser creativos, de renovar la función Yo, de arriesgarnos a crecer en la frontera y también a equivocarnos algunas veces y a ‘no saber’ muchas más.
“La incertidumbre es el carácter de lo que no es conocido de antemano, de lo que no puede ser objeto de conjeturas y que permanece, por lo tanto, abierto (...) la incertidumbre puede abrir la situación. Para decirlo en palabras de  Frank Staemmler, terapeuta gestáltico alemán, la incertidumbre debe ser cultivada con los diferentes sentidos que se puede atribuir a la palabra ‘cultivada’, cuidada y llena de cultura” (Robine, 2006 p.86)
Lo repito para mí, para no olvidarlo: cultivar la incertidumbre.

“El olvidado asombro”.
Lo confirmo una vez más: no es posible hacer terapia Gestalt trabajando en la frontera de contacto sin atravesar por la incertidumbre. Puedo tener claridad del paso que toca dar a continuación, pero en cuanto lo doy, la seguridad se desvanece y vuelvo a enfrentrarme a la duda, a lo borroso e incierto.
Hoy creo que la incertidumbre que experimentamos el paciente y yo es una buena señal. Me indica que caminamos por una senda novedosa, que hemos dejado la zona conocida y que paso a paso vamos explorando posibilidades hasta entonces negadas o evadidas. La incertidumbre me confirma que me encuentro realmente con el otro y que ambos vislumbra- mos la frontera. Vienen a mi mente las palabras de Fromm que leí hace algunos años y que siguen emocionándome:
“Yo manifiesto a mis pacientes que soy como una malla de seguridad. Ellos pueden atreverse a andar de puntillas sobre esa red de alambre, por encima de lo desconocido, y quedarse tranquilos: incluso si su miedo los hace resbalar y caer, lo único que les sucederá  es una serie de rebotes hasta que puedan ponerse en pie. Pero ¿y yo? A medida que dejo de lado cada pieza gastada de la técnica y me aventuro más lejos para descubrir los límites de mí mismo y de la terapia, el paciente puede escandalizarse al ver que me acerco a esas alturas, desde la otra punta de la red de seguridad. En esas instancias ambos podemos preguntarnos: ¿Quién está tendiendo la red?”  (Fromm en Kopp, 1999 P.34-35)
Yo no. Yo no quiero estar sosteniendo la red –aunque muchas veces lo hago-. No quiero estar a salvo como espectador mientras mi paciente se tambalea sobre el vacío a cada paso. Quiero estar allá arriba, sintiendo la cuerda bajo mis pies, acaso compartiendo el vértigo.
Quiero estar allá porque sé que solo así es que puedo crecer, descubrirme, sanar mis heridas.
No quiero estar en mi consultorio repitiendo fórmulas prefabricadas –aunque a veces lo hago- y repitiendo cien veces el mismo experimento como un mago viejo que hace una y otra vez sus mismos trucos. No quiero certezas que me condenen al aburrimiento y al hastío.
Es verdad que puedo mantenerme en lo conocido. Mantendré mi status, mi posición de privilegio, me mantendré siendo “el que sabe”, pero estaré solo en mi tarea, tendré que sacar de la chistera experiencias que sirvan al paciente contando solo con mi destreza. Lo haré a solas.
Si voy a la frontera, si me permito dejar mi seguridad y cultivo la incertidumbre, perderé mi lugar privilegiado, mi imagen impecable, pero estaré con el otro para atravesar la experiencia.
No seré yo “el que sabe”, sino el otro y yo no sabiendo...  y queriendo saber.
No estaré yo a solas con mis certezas, sino el otro y yo con nuestra incertidumbre.
No estaré yo, a solas, eligiendo cada paso, sino el otro y yo creándolo juntos, a veces fallando.
Juntos. Juntos. Juntos. Lo escribo y me dan ganas de que esa sola palabra bastara para ser un poema: juntos.
Porque... “Sin el otro, no se abre nada. Sin el otro, no existe nada. Sin el otro, el self no existe: sin el otro, la expresión no existe; sin el otro, no existe la palabra” (Robine, 2006 p. 70)
Y porque solo con el otro y en la incertidumbre que provoca nuestro encuentro es posible crecer y hacernos más humanos, que es, me parece, el sentido de la psicoterapia. Para que ocurra aquello que dice Octavio Paz como yo no podría decirlo:

“... por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos”.  

                                                               (Paz, 1989 p.94)



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DELACROIX, Jean Marie (2004) MARAVILLARSE. LA IRRUPCIÓN DE LO INESPERADO. Revista Figura Fondo no. 16IHPG. México.
KOPP, Sheldon (1999 ) GURÚ. Gedisa. España.
PAZ, Octavio (1989) EL FUEGO DE CADA DIA. Seix barral. México.
PERLS, HEFFERLINE y GOODMAN (  ) TERAPIA GESTALT: EXCITACIÓN Y CRECIMIENTO DE LA PERSONALIDAD HUMANA. Los Libros del CTP. España.
ROBINE, Jean Marie, (2006 ) MANIFESTARSE GRACIAS AL OTRO. Los Libros del CTP. España.
SCHOCH, Silvie (2000) LA RELACIÓN DIALOGAL EN PSICOTERAPIA GESTALT. Los Libros del CTP. España.
SPAGNUOLO LOBB, Margherita, et.al. (2002) PSICOTERAPIA DE LA GESTALT. HERMENÉUTICA Y CLÍNICA. Gedisa. España.
VAUGHAN, Frances (1991) EL ARCO INTERNO. Kairós. España.
YALOM, Irvin (2002) EL DON DE LA TERAPIA. Emecé. Argentina.
ZANDER, Benjamin  (1999 ) BENJAMIN ZANDER: LIVING ON ONE BUTTOCK. Video Producido por la BBC

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1 comentario:

un otro dijo...

Saludos desde México.
Un tanto sorprendido de ver un artículo mío aquí...

Francisco Fernández