domingo, 13 de diciembre de 2015

Cultivar la incertidumbre.

Por : Fernández Romero, Francisco

“Nunca conocí a quien se hubiese llevado
un porrazo.
Todos mis conocidos han sido
campeones en todo.
Y yo, tantas veces sucio, tantas veces cerdo,
Tantas veces vil...
¡Estoy harto de semidioses!
¿En dónde es que hay gente en el mundo?...”

(Fernando Pessoa. Poeta Portugués).

Te Equivocarás.
Originalmente pensé un título diferente para estas reflexiones. Se llamarían: “Compendio de Mis Dudas, Errores y Equivocaciones en Psicoterapia. Primera de setenta y cuatro partes”.
No esperaba escribir las setenta y tres partes restantes (ni encontraría quien quisiera leerlas), pero seguramente hallaría material suficiente para hacerlo. Lo que quiero decir es que se me da bien eso de dudar, equivocarme y tener errores. Con frecuencia dudo de si mi trabajo está siendo útil al otro, si cierta intervención fue hecha con bases claras o desde mis dudas. A veces me he preguntado si realmente sirvo para esto.
Escribo también pensando en mis alumnos de Psicoterapia que tantas veces veo detenidos por temor a equivocarse frente a sus pacientes o porque no tienen certeza de hacia donde seguir.
¿Hay terapeutas que no se equivoquen, que no duden, que no se detengan porque el siguiente paso aún es borroso o desconocido?, ¿hay terapeutas infalibles?, y sobre todo: ¿me acercaría a un terapeuta así?
Sinceramente creo que no. ¿Cómo compartir mi debilidad, mis miedos, mis deseos oscuros con quien aparenta perfección, sabiduría, invulnerabi-lidad?
Creo que un terapeuta así me diría –aún sin palabras- que lo que soy no es suficiente, que solo lo sería en la medida que me acerque a esa imagen impecable. La advertencia que nos hace Robine acerca de la vergüenza me resulta contundente: “Imaginaos hasta que punto es  extremadamente fácil para un terapeuta, para un supervisor, para un formador colocar a quien está acompañando en una situación de vergüenza dirigiéndole implícitamente el mensaje de que sería mejor ser otro distinto de quien es” (Robine, 2006 p.36)

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(*) Francisco Fernández Romero. Licenciado en Pedagogía. Psicoterapeuta Gestalt individual y de grupo. Especialista en Sexología Clínica, Sexología Educativa.

Hoy sé que varias de las experiencias más significativas vividas con mis terapeutas han surgido a raíz de descubrirlos falibles, de verlos dudar y de que me fueran evidentes sus heridas.
¡De modo que tú también! ... eso he pensado ante su fragilidad. No es que no supiera que tenían errores... lo sabía, pero eso no podía compararse con el hecho de mirarlos ante mí. Tú también. Entonces eres como yo. Y si ante mí aparece tu vulnerabilidad, entonces puedo mostrar la mía sin miedo a ser menos ante tus ojos, sin avergonzarme.
Creo incluso, que solo hasta que vi las heridas y los titubeos de mi terapeuta fue que pude acercarme realmente y mostrarme de verdad.
Recuerdo ahora mi trabajo con Alma, una paciente con quien empezaba a construir nuestra relación. Aquella sesión me habló de su autoexigencia y de su cansancio. La invité a poner atención a sus sensaciones y sentimientos al contarme aquello. “Lo que encuentro aquí dentro es un basurero”, me dijo. Esas palabras me impactaron, sentí un vacío en la boca del estómago, puse atención.
“Cuando te escucho hablar así de ti –le dije- me enojo. Y en seguida siento ganas de alejarme”, y  diciéndolo puse más distancia entre ella y yo. Justo entonces me di cuenta de lo que le pasaba con mis palabras. Vi sus ojos humedecerse y su barbilla temblar... y en ese momento supe que lo que acababa de decir no le servía de nada, todo lo contrario: la avergonzaba y confirmaba que su experiencia estaba mal. Lo que yo experimenté, el enojo y las ganas de distanciarme, no era falso, pero fui sumamente torpe al expresarlo así. Y logré justo lo contrario a lo que quería.
Nos alejábamos, lo sentí claramente. Lo que habíamos logrado construir hasta ese momento se tambaleaba. Casi podía percibir que el delgado hilo que nos unía estaba por romperse.
Entonces decidí decirlo, justo eso, tal como lo sentía: “Parece que estoy haciendo lo contrario de lo que quisiera. Quiero acercarme a ti y me alejo. Quiero validarte y parece que te descalifico. Fui muy torpe al decirte eso Alma, muy torpe”.
En ese instante su mirada cambió, parecía asombrada. Nos quedamos en silencio un momento, sentí calor en mi rostro, y esa suave vibración que reconozco cuando me acerco a la frontera. Algo ocurrió. El resultado no deja de sorprenderme todavía: nos acercamos como nunca antes, y a partir de ese momento construimos juntos una relación de mayor intimidad y riesgo. Aún dudo si habríamos llegado a ese nivel de cercanía si no me hubiera equivocado en aquella sesión. Creo que no.
De inmediato pienso en Benjamin Zander, director de orquesta y maestro. Cuando uno de sus alumnos se equivoca, se detiene, le hace ver el error y en seguida sonríe y pregunta al grupo: “¿Saben cómo responder ante un error?... ¡Qué fascinante!”. Yo estoy completamente seguro que como terapeuta he aprendido mucho más de mis equivocaciones que de mis aciertos.
Ahora sé que no hay manera de evitar equivocarme, así de simple. Ojalá  ocurra cada vez menos, pero ocurrirá más allá de mis conocimientos o experiencia. No quiero olvidar que cuando eso pase me corresponde decirlo, sin ocultarme en tecnicismos o en mis teorías, aquellas que, dice Antonio Sichera, puedo usar “...casi como un arma que se desenfunda en el momento oportuno para hacer valer una presunta superioridad en relación con el otro”.  (Sichera, Antonio en Spagnuolo, 2002 p.38)
Y confío que el simple hecho de aceptarlo y decirlo me permita acercarme a mi paciente de una forma más auténtica y transparente. 
Más aún, cuando me equivoco como terapeuta y lo digo, estoy siendo terapéutico, estoy diciendo que en este espacio que co-creamos es válido errar, que eso no nos hace menos y que a pesar de esos errores -o quizá por ellos- podemos encontrarnos. Estoy diciendo que tenemos derecho a ser como somos.
“Cuando se está presente se acepta ser visto tal y como se es (...) Se renuncia a la necesidad de gustar, de parecer.
...Estar presente es sentirse a la vez poderoso e impotente: poderoso en el sentido que se tiene fe en la capacidad de ayudar al paciente, impotente porque se sienten los límites frente al otro que está ante uno” (Schoch de Neufron, 2000 p. 106)

Sin duda, hacer terapia es hacernos más conscientes de nuestros límites personales. Alguna vez, conversando con una amiga terapeuta de otra corriente me decía lo “peligroso” de que muchas personas se hagan terapeutas para compensar sus carencias y llenar sus vacíos.
Me queda claro que efectivamente sería riesgoso que fuéramos terapeutas solo por esa razón y nos olvidáramos del otro, del paciente que está frente a mí.  Sin embargo también me pregunto si hay otra forma de ser terapeutas que no sea desde nuestras carencias y vacíos. No lo creo.  Al menos en mi caso, una de las razones que me hacen serlo es compensar estos huecos personales. Así soy, así llegué a este camino. Y es verdad: al hacer terapia sano mis propias heridas. No encuentro otro modo de hacerlo.
Me asumo como una persona sumamente aislada, con una enorme tendencia a retroflectar, a detenerme. Y me doy cuenta que mientras estoy dando terapia puedo salir de este aislamiento y retroflexión. O al menos lo intento constantemente. Posiblemente no hay un lugar en donde hable más de mí y donde me exponga tanto como en mi consultorio. Allí percibo con mucha claridad mis formas de detenerme y día a día trato de enfrentarlas. ¡Dar terapia me sana!
No puedo ser terapeuta sino desde mis carencias. Si para ser terapeuta debo esperar a no tenerlas... sencillamente nunca lo seré.
Recuerdo las palabras de un maestro, hace algunos años, cuando empezaba a hacer prácticas de terapia sexual. Aunque habían pasado ya varias semanas, yo aún no tenía pacientes. Sencillamente no me sentía preparado... temía equivocarme.
“O sea que no tienes pacientes por miedo a equivocarte –me dijo-. Te voy a ahorrar la incertidumbre: te equivocarás. Sin duda, te vas a equivocar. Tarde o temprano te vas a equivocar. ¿Cuánto más vas a seguir esperando?”
Y tenía razón: me equivoqué. Me sigo equivocando.
Los terapeutas nos equivocamos. Las personas nos equivocamos. Lo verdaderamente importante es estar dispuesto a aceptarlo y decirlo. Y no quedar detenido en espera de una infalibilidad que nunca llegará.
De nuevo recurro a Benjamin Zander. En el video “Living On One Buttock” (Viviendo A Una Nalga), pueden verse diferentes momentos de su trabajo como maestro, y siempre es sorprendente cómo enfrenta los límites y errores de sus alumnos. Las equivocaciones siempre son convertidas en oportunidad de aprender algo.
A una alumna que toca el violín con inseguridad, le dice: “Tenemos dos personas en el escenario:  una de ellas toca el violín, la otra te susurra al oído: ‘no practicas suficiente... ¿sabes cuántas personas tocan mejor que tú?... recuerda que la última vez lo hiciste mal... lo vas a echar a perder otra vez’... –la chica ríe y él la mira con ternura- Se trata de contribuir, ese es nuestro trabajo (...) Contribuir con algo. ¿Lo harás mejor que el próximo violinista? No sé ni me interesa.  Porque nadie contribuye mejor que otros. Eso es todo... ¿Ves como los rostros se iluminan cuando lo digo?”
Eso es lo conmovedor del trabajo de Zander: decir claramente a sus alumnos que cada uno contribuye con lo que es. Y lo que somos incluye nuestras carencias, nuestros vacíos, nuestras dudas y errores.
Más adelante, al trabajar con Iva, una joven cantante, vuelve a ser enfático: “Sigue la voz de Iva y sonará más poderosa que la que dice ‘No’.  Porque la voz que dice ‘no’ en realidad no es interesante, solo repite: no... no... no... no. Pero la de Iva dice así... –y Zander se pone a cantar-. ¿Qué voz escucharás?”
Y la cara de Iva se ilumina.

Soy terapeuta con mis errores y carencias. Me equivocaré. Te equivocarás. Esto soy. Esto somos. ¿Sigo pensando que no es suficiente?
Muchas veces siento ganas de contar a mis pacientes, a  mis alumnos, a mí mismo, la anécdota que recuerda Yalom:
“Cuando Ram Dass se lamentó de que no se sentía preparado para partir debido a sus muchas fallas e imperfecciones, su gurú se puso de pie y muy lenta y solemnemente dio una vuelta alrededor, que concluyó con un pronunciamiento público: ‘No veo ninguna imperfección’ (Yalom, 2002 p.35)

El Derecho a No Saber.
Supongo que a todos nos ocurre, pero encuentro que me ocurre aún más cuando intento trabajar en la frontera de contacto, en ese espacio vivo y dinámico que es la relación: doy un paso en el trabajo, luego otro y luego... no tengo idea de cómo seguir. Mi paciente está allí, frente a mí, y yo en silencio ante esa experiencia inquietante de no saber.
Me siento en blanco, con la tentación de hacer un rápido repaso de todo lo que creo saber sobre psicoterapia, de recorrer cada concepto aprendido, cada autor consultado. Pareciera que el tiempo avanza más lento, y se hace casi tangible, como si pudiera ser tocado.
Es también una experiencia de vacío. Y es como si quisiera llenar ese vacío con mi propia autoexigencia, con miedo a que mi imagen de “buen terapeuta” se resquebraje, con prisa por salir de ese espacio-tiempo vacilante, con mis juicios y proyecciones.
Sencillamente no sé qué paso dar o hacia donde seguir. Seguramente te ha pasado, ¿verdad?
No es fácil. Siento que el otro me espera impaciente, que estoy solo con mis preguntas y mi vacío. ¿Qué hacer entonces? Me parece que la respuesta es más simple que lo que parecería: esperar.
Sostenerme, sostenernos en este no saber sin adelantarme y sin recurrir a soluciones artificiales. Esperar no sabiendo, dejándonos sentir la tensión que impregna los segundos. Esperar permitiéndonos habitar por un momento la experiencia del vacío.
Esperar.
Porque si partimos de una visión relacional, este ‘no saber’ no es solo el resultado de la “incompetencia” del terapeuta (de mí incompetencia), sino una experiencia de campo. ¿Es posible que este ‘no saber’ ser una co-creación del paciente y mía? Y si es así, ¿para qué está entre nosotros? ¿qué dice este ‘no saber’ del paciente, de mí, de nuestra relación? ¿qué nos decimos uno al otro con este espacio en blanco, con esta tensión que se alarga?
Si no esperamos corremos el riesgo de perdernos de esta verdad, que por incómoda que sea es lo que está.
Esperar entonces. ¿Qué? Nada. Más bien estar abiertos y receptivos a lo que desde allí nazca.
“Somos susceptibles a lo imprevisible. La transpasibilidad es esa capacidad infinita de apertura, de quien está ahí ‘esperando, esperando, esperando nada” (Maldiney en Robine, 2006, p.90)
Si esperamos descubrimos que el vacío no es tal. De él surgen señales, sensaciones, sentimientos.
Se trata de permitirnos la espera para mirar. Mirar de nuevo pero desde un lugar distinto, mirar el espacio entre nosotros, quitar mi atención de las respuestas que no llegan y llevarla a todo lo que se despierta en mí ante el hecho de no saber frente a ti. Esperar atendiendo juntos este ‘no saber’ que es nuestra creación.
Esperar pacientemente, teniendo en cuenta lo que tantas veces me recordaba mi queridísima Carola Diduch: “el ritmo del alma es lento”.

Hay otras posibilidades a mi alcance cuando no sé que hacer:
Poner atención a lo no verbal. Observar con más calma lo que está sucediendo en el cuerpo de mi paciente, aún los pequeños detalles, con una curiosidad renovada.
Poner atención a lo que está pasando conmigo, a mis sensaciones y sentimientos surgiendo aquí  y ahora ante el paciente... y expresarlo.
Poner atención a aquello a lo que no estoy atendiendo. Muchas veces me descubro dando vueltas una y otra vez sobre lo mismo, en un aparente callejón sin salida. Entonces, trato de llevar mi mirada a aquello que no he advertido hasta ese momento. Me pregunto: ¿hacia dónde no estoy mirando? En muchas ocasiones esto me permite renovar mi mirada y encontrar una posibilidad no contemplada hasta entonces.

Muchas veces me enfrentaré a no saber. Doy un paso, doy el siguiente y luego... de nuevo no sé. Y no saber también es mi derecho aunque a veces lo olvide, aunque a veces me exija tener respuestas para todo y ver lo que no veo.
Eso: mi derecho. El que quiero reconocerme y defender. Mi derecho a no ser perfecto, a no ser infalible, a equivocarme.
Mi derecho a que se me desanuden las agujetas a veces, a tener miedo al agua fría, a resfriarme, a llorar en las películas cursis, a no saber leer mapas, a dejar la luz del closet encendida cuando es de noche, a guardar un muñeco de la infancia, a tener algún agujero en el calcetín, a olvidar dónde dejé las llaves. Mi derecho a ser humano y, por lo mismo, a no saber.

Ah, por cierto... somos dos.
Parece tan obvio y sin embargo a veces lo olvido y quizá te ocurra lo mismo: en terapia Gestalt somos, al menos, dos. No estoy solo en mi no saber, no tengo que encontrar respuestas sin contar con el paciente. Doy un paso, luego otro, luego... no tengo idea. ¡Pero hay alguien frente a mí!, hay otro que mira las cosas desde su perspectiva, hay otro involucrado en esta experiencia que no es mía ni suya, sino nuestra.
Cuando no sé qué hacer puedo recurrir al otro. En terapia de grupo esto sucede con mucha frecuencia: si el terapeuta no sabe cómo seguir, pregunta al grupo. Y normalmente el grupo sabe. No tiene que ser distinto en la terapia individual (que aunque llamamos individual nunca es de uno).  Siempre puedo preguntar a mi paciente hacia dónde seguir, qué paso toca, qué necesita de mí o de éste espacio en cada momento.
¿Cuántas preguntas nos hacemos los terapeutas frente al paciente?, ¿cuántas dudas acerca de si lo que proponemos será útil?, ¿cuántos temores revelándose en la relación?
¿Si digo lo que siento le ayudaré, lo lastimaré, nos alejaremos, cambiará nuestra relación?, ¿Cómo reaccionaremos él y yo si doy este paso que ahora se me ocurre y que me parece tan nuevo?
Trabajando con Guy Pierre Tur en el grupo de supervisión aprendí que muchas de esas preguntas que me hago como terapeuta a solas (el pensamiento autista del que nos habló Carmen Vázquez en uno de sus talleres) o las que hago al supervisar, son preguntas que podría hacer directamente a mi paciente. ¿Porqué quedarme solo cuando frente a mí está quien muy posiblemente tiene una respuesta? Y si no la tiene, ¿no es mejor explorarlo juntos ya que se trata de algo nuestro?
¿Perdemos algo al permitirnos no saber frente a nuestros pacientes?
Sí, sin duda: perdemos nuestra posición de privilegio. Pero me parece que justo esto, “Renunciar al poder del terapeuta, a la posición de saber y de dominio del otro” (Robine, 2006 p.84) es un requisito si deseamos trabajar verdaderamente en la relación, con todo el riesgo y toda la belleza que esto implica. O en palabras de Frances Vaughan: “Para entrar en una dinámica relacional curativa debemos confiar lo suficiente en una relación y arriesgarnos a quedar indefensos" (Vaughan, 1991 p.271)

“... Donde Solo es Real la Niebla”
Estoy trabajando con Lucía, una paciente que lleva unas pocas sesiones conmigo. Viene  con una profunda experiencia de desamor: el hombre al que ama ahora está con otra persona. Su dolor está totalmente presente. Ella quiere dejar de sentirlo ya y yo le digo que quiero ser respetuoso y paciente con ese dolor que habla de lo importante que es su amor. Avanzamos  poco a poco, y en la medida que se restablece aparece una nueva y profunda herida ligada al desamor: su total desconfianza hacia los hombres.
“Ahora creo que ningún hombre es totalmente confiable”, me dice.
Yo le recuerdo que soy un hombre y que estoy allí, frente a ella. “Pero tú eres diferente”, me asegura. Y yo... pienso en las muchas veces que no he cumplido mis promesas, en las personas a quienes he lastimado aún amándolas, en las cosas importantes que olvido, en...
Dudo en decirlo, aunque sé que es verdad, que decir cualquier otra cosa sería mentirle, pero no tengo la menor idea de hacia donde nos llevarán mis palabras. Se las digo: “Pues soy un hombre, estoy ante ti y no soy, nunca he sido totalmente confiable”.
Lucía se sorprende. “Pero tu nunca lastimarías a alguien a quien quieres”, me dice y me mira con algo que parece esperanza.
“Me gustaría poder decirte eso –respondo- pero no es así. Algunas veces he lastimado a quienes más amo, quizá muchas... y al decírtelo siento vergüenza.”
Me mira en silencio. Me parece percibir desilusión en sus ojos, pero quizá no sea sino mi proyección. ¿Qué sigue de un momento así?, ¿cómo será nuestra relación a partir de este momento? ¿No hice lo contrario a lo que ella necesitaba? Me dice que no confía más en los hombres ¡y yo respondo que no soy confiable! Y al momento de decirlo, dudo si hice bien, y me doy cuenta que nuestra relación queda suspendida en un espacio sin certezas en donde aparentemente nada es seguro ya.
La incertidumbre.
Cada vez que la siento y entro en ese espacio, recuerdo el poema de Octavio Paz que para mí describe esa experiencia:

“Mis pasos en esta calle
resuenan en otra calle
donde oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde sólo es real la niebla”
                                   (Paz, 1989 p.108)

Sencillamente no creo que sea posible hacer un  trabajo terapéutico en la frontera de contacto sin atravesar por esta zona de niebla que es la incertidumbre. Incertidumbre que quiere decir, no tener certezas.
¿Y cómo podría tenerlas si nuestro encuentro está surgiendo, haciéndose en el momento mismo que ocurre? Cada paso que doy abre la posibilidad a muchísimas posibles reacciones y me lleva a un lugar totalmente nuevo.
Puedo saber desde dónde parto, pero no hay forma de saber con certeza a donde llegaré. Cuando digo a Lucía que no soy totalmente confiable sé que lo digo porque es la experiencia que vivo en ese momento y porque creo que toca poner entre nosotros lo que está sucediendo en mí. Pero eso no me hace saber hacia dónde llegaremos. En el momento de decirlo doy un paso hacia la niebla.
No es posible trabajar verdaderamente en la relación y saber con antelación lo que ocurrirá, ¡es contradictorio! Porque cualquier cosa que ocurra surgirá estando en el campo, no antes ni afuera. Más aún: lo que ocurre no es resultado directo de lo que yo hago ni de lo que hace mi cliente. Es la situación la que toma el mando, y esta es creada por ambos pero no sólo por ambos, sino también por todo lo que aquí y ahora –lo sepamos o no- configura el campo.
Lo dice Silvie Schoch cuando habla de “... mi apertura a lo desconocido, mi propia fe en lo que pudiera ocurrir de imprevisible. Mi capacidad para dejar ese espacio entre nosotros, vacante, y para desposeerme de mi deseo de ser artífice de lo que ocurre”. (Schoch de Neufron, 2000 p.137)

Y también Antonio Sichera:
“La verdadera experiencia no nos permite previsiones tranquilizadoras, nos toma y nos lleva: la hacemos en cuanto ella nos hace (...) El terapeuta y el paciente, en el momento en que aceptan la aventura del contacto y se ‘ponen en juego’, no pueden pretender controlar la experiencia en su transcurrir: les supera y les contiene, haciendo explotar sus intenciones y presuposiciones del inicio” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.43)

Así me es mucho más clara la idea de que el saber terapéutico se relaciona con la phrónesis (saber moral), en contraposición con  epistéme (saber teórico) o téchne (saber técnico):
“Es distinto el caso de la phrónesis (...) el hombre dotado de tal virtud (...) no sabe lo que es justo hacer, salvo al vivir la práxis, porque el bien no es una norma abstracta para aplicar, sino un criterio axiológico intrínseco a la situación misma.” Y más adelante: “El saber del terapeuta no es, por lo tanto, una teoría a aplicar sino un sentido a encontrar en la realidad” (Sichera en Spagnuolo, 2002 p.40)
El terapeuta no sabe, no puede saber  “lo que es justo hacer” fuera de la situación. El sentido se encuentra en la realidad, no fuera de ella, no en un plan preconcebido. Hace falta estar allí sin saber, sin mapas, sin seguridades, porque solo en ese espacio-tiempo de niebla es posible construir el paso siguiente.
Y es que soy mi propio instrumento –eso que decimos tantas veces-, lo que significa que cuento con lo que siento y soy para acompañar terapéuticamente al otro. Veo la situación desde mi perspectiva, no puedo hacer otra cosa. “... ese descubrimiento está articulado sobre mi propio trabajo de diferenciación, es decir, lo que se ha convenido en llamar mi subjetividad, y que esta subjetividad es incontestablemente emocional”.  (Robine, 2006 p.85) Y por ser emocional, nos recuerda Robine remitiéndose a Perls, Hefferline y Goodman, es falible. Es así: soy mi instrumento. El instrumento con el que hago terapia es humano y por lo tanto falible. ¿Cómo podría haber certezas con tal instrumento?
Un trabajo central en la terapia es crear una situación de urgencia de alta intensidad que permita al paciente salir del ajuste neurótico que lo mantiene en situaciones de urgencia de baja intensidad crónicas. Al aumentar la intensidad de la urgencia, abrimos la posibilidad a que el paciente intente ajustes novedosos y creativos. Se trata, dicen Perls, Hefferline y Goodman  de... “Mantener la situación controlable, pero no controlada: que sea sentida como segura ya que el paciente ha llegado a un estado en donde es necesario inventar el ajuste requerido, en lugar de reprimirlo de manera no deliberada” (PHG p.81)
Pero a veces olvidamos que la situación de urgencia aumenta en intensidad no solo para el paciente, sino también para el terapeuta. Cuando nos ponemos en el trabajo, esa intensidad es experimentada en la propia piel. No puede ser de otra forma porque como terapeuta formo parte de la situación, no estoy fuera de ella.
“El self no conoce por anticipado lo que va a inventar, ya que el conocimiento es la forma de lo que ya se ha producido. Es cierto que el terapeuta tampoco lo sabe, ya que no puede vivir el crecimiento en el lugar del otro; simplemente forma parte del campo”. (PHG p.183)
La incertidumbre es entonces un estado que compartimos el paciente y yo. Comprendo entonces las palabras de Peter Philipson en el taller que impartió hace unos años: “En el encuentro terapéutico –decía- deben haber al menos dos personas asustadas”.
En aquel taller nos recordaba que un cierto nivel de ansiedad nos señala que en realidad estamos trabajando. Si no hay ansiedad es muy posible que lo que hacemos con el paciente es lo ya conocido, lo ya explorado, lo cómodo. La aparición de la ansiedad nos avisa que nos acercamos a la novedad. Y se trata de que esa ansiedad sea experimentada por ambos,  paciente y terapeuta.
¿Qué tan presente está  ese nivel de ansiedad en mi trabajo?, ¿qué tan seguido me permito caminar por la zona borrosa de la incertidumbre? Ahora pienso que si no me ocurre con frecuencia, debería revisar si mi trabajo terapéutico realmente se aproxima a la frontera.
Muchas veces veo a los alumnos de psicoterapia deteniéndose en su trabajo porque no saben a dónde llegarán. Están ante el paciente y quisieran vislumbrar el final de la historia. La mayoría de las veces eso no es posible. Me parece que trabajando en la frontera de contacto solo puedo ir paso a paso. Permanezco allí, dejándome impactar por lo que sucede en la situación y entonces puedo proponer el siguiente paso. ¡Sólo el siguiente paso!, porque luego de darlo, es posible que vuelva a la incertidumbre. Un paso a la vez, y cada paso me lleva a un momento nuevo desde el que tendré que crear el siguiente paso sin saber aún hacia dónde llegaré finalmente.
Cuando intento conocer anticipadamente el final de la historia, pierdo la energía y la atención que requiero para lo verdaderamente importante: construir el siguiente paso, sólo el siguiente.
Si decido esperar a que no haya incertidumbre en mi trabajo, acabaré detenido indefinidamente. Eso no ocurrirá. La única opción real es asumir la incertidumbre y continuar caminando llevándola conmigo.
E incluso más: la incertidumbre no es una consecuencia inevitable o un mal necesario en el trabajo terapéutico. Por el contrario, en realidad, hacer terapia es llevar al paciente, acompañándolo, hacia  la incertidumbre. Y al decir “acompañándolo” no me refiero a ser un espectador externo de su caminar por la niebla, sino a entrar en la niebla con él.
Lo que hacemos en terapia no es estabilizar las cosas sino lo contrario. Al entrar en la niebla los caminos conocidos se desdibujan, los límites se hacen borrosos, la función Ello se activa y el equilibrio se rompe. ¡Y de eso se trata!, porque en el completo equilibrio no hay posibilidad de movimiento.
“Solo puede producirse un ajuste cuando existe un desajuste, cuando hay un desequilibrio, así que podríamos incluso preguntarnos si no sería mejor hablar de desequilibrio creador, siendo el ajuste creador meramente la fase final de todo un proceso de reconstrucción”.  (Delacroix, 2004 p10)
Se trata de cultivar la incertidumbre, de abrazarla, porque solo desde ella podemos crear posibilidades inéditas.
“Sólo situándose en el diálogo con los elementos observados, sin buscar poder sino una relación de intercambio, de cocreación, sin certeza acerca de lo que va a ocurrir, se puede acceder a una forma de realidad distinta. Y esta realidad es nueva cada vez... “ (Schoch de Neufron, 2000, p.105)
Lo seguro, lo cierto, es sin duda más fácil, pero nos mantiene en lo que ya conocemos, firmemente anclados en la función personalidad, congelados.
Permitirnos la incertidumbre es soltar la cuerda que nos une a esa seguridad. Entonces surge la posibilidad de ser creativos, de renovar la función Yo, de arriesgarnos a crecer en la frontera y también a equivocarnos algunas veces y a ‘no saber’ muchas más.
“La incertidumbre es el carácter de lo que no es conocido de antemano, de lo que no puede ser objeto de conjeturas y que permanece, por lo tanto, abierto (...) la incertidumbre puede abrir la situación. Para decirlo en palabras de  Frank Staemmler, terapeuta gestáltico alemán, la incertidumbre debe ser cultivada con los diferentes sentidos que se puede atribuir a la palabra ‘cultivada’, cuidada y llena de cultura” (Robine, 2006 p.86)
Lo repito para mí, para no olvidarlo: cultivar la incertidumbre.

“El olvidado asombro”.
Lo confirmo una vez más: no es posible hacer terapia Gestalt trabajando en la frontera de contacto sin atravesar por la incertidumbre. Puedo tener claridad del paso que toca dar a continuación, pero en cuanto lo doy, la seguridad se desvanece y vuelvo a enfrentrarme a la duda, a lo borroso e incierto.
Hoy creo que la incertidumbre que experimentamos el paciente y yo es una buena señal. Me indica que caminamos por una senda novedosa, que hemos dejado la zona conocida y que paso a paso vamos explorando posibilidades hasta entonces negadas o evadidas. La incertidumbre me confirma que me encuentro realmente con el otro y que ambos vislumbra- mos la frontera. Vienen a mi mente las palabras de Fromm que leí hace algunos años y que siguen emocionándome:
“Yo manifiesto a mis pacientes que soy como una malla de seguridad. Ellos pueden atreverse a andar de puntillas sobre esa red de alambre, por encima de lo desconocido, y quedarse tranquilos: incluso si su miedo los hace resbalar y caer, lo único que les sucederá  es una serie de rebotes hasta que puedan ponerse en pie. Pero ¿y yo? A medida que dejo de lado cada pieza gastada de la técnica y me aventuro más lejos para descubrir los límites de mí mismo y de la terapia, el paciente puede escandalizarse al ver que me acerco a esas alturas, desde la otra punta de la red de seguridad. En esas instancias ambos podemos preguntarnos: ¿Quién está tendiendo la red?”  (Fromm en Kopp, 1999 P.34-35)
Yo no. Yo no quiero estar sosteniendo la red –aunque muchas veces lo hago-. No quiero estar a salvo como espectador mientras mi paciente se tambalea sobre el vacío a cada paso. Quiero estar allá arriba, sintiendo la cuerda bajo mis pies, acaso compartiendo el vértigo.
Quiero estar allá porque sé que solo así es que puedo crecer, descubrirme, sanar mis heridas.
No quiero estar en mi consultorio repitiendo fórmulas prefabricadas –aunque a veces lo hago- y repitiendo cien veces el mismo experimento como un mago viejo que hace una y otra vez sus mismos trucos. No quiero certezas que me condenen al aburrimiento y al hastío.
Es verdad que puedo mantenerme en lo conocido. Mantendré mi status, mi posición de privilegio, me mantendré siendo “el que sabe”, pero estaré solo en mi tarea, tendré que sacar de la chistera experiencias que sirvan al paciente contando solo con mi destreza. Lo haré a solas.
Si voy a la frontera, si me permito dejar mi seguridad y cultivo la incertidumbre, perderé mi lugar privilegiado, mi imagen impecable, pero estaré con el otro para atravesar la experiencia.
No seré yo “el que sabe”, sino el otro y yo no sabiendo...  y queriendo saber.
No estaré yo a solas con mis certezas, sino el otro y yo con nuestra incertidumbre.
No estaré yo, a solas, eligiendo cada paso, sino el otro y yo creándolo juntos, a veces fallando.
Juntos. Juntos. Juntos. Lo escribo y me dan ganas de que esa sola palabra bastara para ser un poema: juntos.
Porque... “Sin el otro, no se abre nada. Sin el otro, no existe nada. Sin el otro, el self no existe: sin el otro, la expresión no existe; sin el otro, no existe la palabra” (Robine, 2006 p. 70)
Y porque solo con el otro y en la incertidumbre que provoca nuestro encuentro es posible crecer y hacernos más humanos, que es, me parece, el sentido de la psicoterapia. Para que ocurra aquello que dice Octavio Paz como yo no podría decirlo:

“... por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos”.  

                                                               (Paz, 1989 p.94)



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DELACROIX, Jean Marie (2004) MARAVILLARSE. LA IRRUPCIÓN DE LO INESPERADO. Revista Figura Fondo no. 16IHPG. México.
KOPP, Sheldon (1999 ) GURÚ. Gedisa. España.
PAZ, Octavio (1989) EL FUEGO DE CADA DIA. Seix barral. México.
PERLS, HEFFERLINE y GOODMAN (  ) TERAPIA GESTALT: EXCITACIÓN Y CRECIMIENTO DE LA PERSONALIDAD HUMANA. Los Libros del CTP. España.
ROBINE, Jean Marie, (2006 ) MANIFESTARSE GRACIAS AL OTRO. Los Libros del CTP. España.
SCHOCH, Silvie (2000) LA RELACIÓN DIALOGAL EN PSICOTERAPIA GESTALT. Los Libros del CTP. España.
SPAGNUOLO LOBB, Margherita, et.al. (2002) PSICOTERAPIA DE LA GESTALT. HERMENÉUTICA Y CLÍNICA. Gedisa. España.
VAUGHAN, Frances (1991) EL ARCO INTERNO. Kairós. España.
YALOM, Irvin (2002) EL DON DE LA TERAPIA. Emecé. Argentina.
ZANDER, Benjamin  (1999 ) BENJAMIN ZANDER: LIVING ON ONE BUTTOCK. Video Producido por la BBC

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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Curso Básico 2016


Inicio: Sábado 30 de Enero 2016
Lugar:  Urb. La Romana, Calle B, Nº -2, Qta. Barinitas. Sede de Globalcon, C.A. Maracay, Edo. Aragua.


martes, 24 de noviembre de 2015

“ENCUENTRO GESTALTICO DE FIN DE SEMANA”. Noviembre 2015


El fin de semana del 13, 14 y 15 de noviembre de 2015, se llevo a cabo Villa de Cura, Edo. Aragua, específicamente en la zona montañosa de Malpica del Toro, en  La Posada  Alto Valle, la culminación, o cierre gestáltico del “Curso Básico de  Psicoterapia Gestalt”.  Es éste un requisito obligatorio que deben cumplir los participantes de INGEDHIV, como parte de su formación.  El día domingo, al finalizar el evento se hace entrega formal de los credenciales que certifica la culminación, o  cierre del primer nivel, éste avalado por el Colegio de Psicólogos del Estado Aragua.
El objetivo de éste “Encuentro Gestáltico” pretende que los participantes del mismo, lleguen a profundizar en el autoconocimiento, y reconocimiento  del otro a través del “darse cuenta” y el contacto  persona a persona, en un ambiente cargado de energía natural, emocional  y afectiva en una atmosfera de confianza, protección y aprendizaje.  Ahora bien, uno de los aspectos más importante del evento es el chequeo pre y post  de las expectativas de las personas actuantes en ésta vivencia, un resumen de éstas podría ser: hacer conciencia de las propias acciones, emociones, y sentimientos y asumir la responsabilidad de éstas, integrarse como grupo y conocerse a través de la convivencia y además, aprender técnicas para enriquecerse, y así crecer personalmente.



El Encuentro, representó para los participantes- formandos, invitados, facilitadores, personal académico y administrativo, una experiencia enriquecedora en todos los aspectos, caracterizado éste por la descarga emocional profunda, el acercamiento humano afectivo,  la confrontación con nuestros yoes, y  con nuestros  miedos, mecanismos de evitación y contacto, la hermosura  de descubrir y hacer conciencia con nuestro niño interno, y con nuestra potencialidades como persona. El contacto consciente con nuestra respiración en el “aquí y ahora”, todo esto en un ambiente bellamente ecológico y pleno de energía natural y espiritual. Definitivamente, un fin de semana, una experiencia inolvidable.



El próximo año llevaremos a cabo otra experiencia, seguramente con aspectos diferentes, otros parecidos, polaridades luchando por integrarse, y con el aporte crítico, e impulsor de nuestros participantes seguiremos creciendo hacia la conformación de un país y planeta más humano, que diga, “lo pequeño y sencillo es hermoso”.

Con un abrazo fraterno


Gonzalo Pagua García.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Editorial - Noviembre 2015

DIA DEL PSICÓLOGO.

El día 22 de noviembre se celebra a lo largo de nuestro país el día del psicólogo, se tomó ese día específicamente en recordatorio a que en 1961, se constituyo en la ciudad de Caracas el “Colegio de Psicólogos de Venezuela”, conformado por egresados de La Universidad Central de Venezuela  (UCV), y La Universidad Católica “Andrés Bello” (UCAB). Este colegio fue finalmente sustituido por la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV). Actualmente es el gremio que agrupa a los psicólogos del país.

Es común que cada año, en ésta fecha,  se dé en los diferentes estados, promovidos por los diferentes colegios agrupados en la Federación, eventos científicos, donde participan los profesionales de la psicología, familiares, invitados especiales y entes interesados en la salud mental  y el desarrollo personal .

En el marco de ésta fecha, en el estado Aragua, más específicamente en Maracay, en El “Instituto Educacional Aragua”, se realizó el evento: “INCERTIDUMBRE, CAMBIOS Y ALTERNATIVAS”. En éste estado se presenta una particularidad y es que los eventos de ésta magnitud, son promovidos y organizados  por la Asociación Venezolana de Psicoterapia (AVEPSI), por la Sociedad venezolana de Psiquiatría, capítulo Aragua (SVPCA), y por el Colegio de Psicólogos del Estado Aragua, (CPCA). Se presentaron varias ponencias y simposios con temas como: “El Enfoque de la Psicoterapia Gestalt como Alternativa Ante la Incertidumbre”,  “Incertidumbre y Espiritualidad”, “Niños y Adolescentes ante la Incertidumbre”,  “De Amores y Cambio”, además de un cine foro con la película, “INTENSAMENTE”.  Todos esto actos, presentados por profesionales de reconocida trayectoria en cada una de sus especialidades, así, el dr Argenis Damás, la Psic. Claudia Arias,  la Psic.  Julieta Ruiz, el Psic. Guillermo Rodríguez,  Psic. Carlos Villamizar, el padre Fredimir  Villavicencio, el Dr. Daniel Robles, el Dr. Joel león, la Psic, Mariela Rasquin, la Dra. Luisana Díaz, la Dra. María Teresa Pabón,  la Dra. Evelyn Sánchez, y quien escribe, Psic Gonzalo Pagua García.

Este encuentro parte de la concepción que albergamos en Aragua de que la salud mental y el Desarrollo Humano no es  patrimonio de un sector en especifico, sino que se parte del criterio de que con la conciencia  y necesaria participación de todos los sectores, los resultados para nuestra gente, específicamente la que busca ayuda a sus dolencias, y orientación a sus necesidades de crecimiento personal,  se verá  gratamente satisfecha.  Además, así, con éste esfuerzo, creemos colaborar en la formación, y con la humanización del sector al cuál pertenecemos.

Psic. Gonzalo Pagua García.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Libertad y Autonomía

En el siguiente ensayo escrito por Paul Goodman poco antes de su muerte en 1972, Goodman explica por qué él vio la autonomía, y no la libertad, como "el principio fundamental del anarquismo". "Libertad y Autonomía" fue originalmente publicado como “Solo una Anticuada Canción de Amor”, en WIN No. 8 (Febrero, 1972), 20-21.

 Traducción: David Ceballos

Muchos filósofos anarquistas comienzan con el deseo de libertad. Donde la libertad es un concepto metafísico o un imperativo moral, que me deja frío ¾ no puedo pensar en abstracciones. Pero con mayor frecuencia la libertad de los anarquistas es un profundo grito animal o una declaración religiosa como el himno de los presos en Fidelio. Se sienten aprisionados, existencialmente por la naturaleza de las cosas o por Dios; o porque han visto o sufrido demasiada esclavitud económica; o han sido privados de sus libertades; o colonizados internamente por los imperialistas. Para llegar a ser humanos tienen que sacudirse la restricción.

Dado que, en general, mi experiencia es lo suficientemente amplia para mí, no deseo la libertad, más de lo que yo quiero “expandir la conciencia.” Podría sentir distintamente, de la manera que, si estuviera sometido a la censura literaria, sintió Solzhenitsyn. Mi queja habitual no ha sido que estoy preso, menos que estoy en el exilio o he nacido en el planeta equivocado; recién, estoy postrado en cama. Mi verdadero problema es que el mundo no es práctico para mí, y entiendo que mi estupidez y cobardía hacen que sea aún menos práctico de lo que podría ser.

Para estar seguro, hay atrocidades que me llevan por el cuello, como cualquier otro, y deseo ser libre de ellas. Insultos a la humanidad y a la belleza del mundo que me mantienen indignado. Una atmósfera de mentiras, trivialidad y vulgaridad que repentinamente me enferma. Los poderes-que-están no saben el significado de la magnanimidad, y con frecuencia son simplemente oficiosos y rencorosos; como Malatesta solía decir, sólo trata de hacer lo tuyo y ellos te lo impedirán, y entonces tú eres el culpable de la pelea que se produce. Lo peor de todo, las acciones de poder que destruyen-la-tierra son dementes; y como en las tragedias e historias antiguas leemos cómo los hombres arrogantes comprometidamente sacrílegos hacen caer la condenación sobre sí mismos y aquellos asociados con ellos, así que a veces soy supersticiosamente temeroso de pertenecer a la misma tribu y caminar sobre la misma tierra que nuestros hombres de Estado.

Pero no. Los hombres tienen derecho a ser locos, estúpidos y arrogantes. Es nuestra cosa especial. Nuestro error es armar a cualquiera con poder colectivo. La anarquía es la única forma de gobierno segura.

Un error común es que los anarquistas creen que “la naturaleza humana es buena”, y así los hombres pueden confiar en gobernarse a sí mismos. De hecho, tendemos a tomar la visión pesimista; la gente no está confiada, por lo que evitan la concentración del poder. Los hombres en autoridad son especialmente propensos a ser estúpidos porque están fuera de contacto con la experiencia finita concreta y en su lugar siguen interfiriendo con la iniciativa de otras personas y haciéndolas estúpidas y ansiosas. E imagina lo que estar deificado como Mao Tse-Tung o Kim Il Sung debe hacer al carácter de un hombre. O habitualmente pensar en lo impensable, al igual que los maestros del Pentágono.
Para mí, el principio fundamental del anarquismo no es la libertad, sino la autonomía. Ya que iniciar y hacerlo a mi manera, y ser un artista con la materia concreta, es el tipo de experiencia que me gusta, soy obstinado sobre estar determinado por las órdenes de las autoridades externas, que no conocen concretamente el problema o los medios disponibles. En general, el comportamiento es más elegante, contundente, y refinado sin la intervención de las autoridades de arriba-abajo, ya sea Estatal, colectiva, la democracia, la burocracia corporativa, los funcionarios de las prisiones, los decanos, los currículos pre-arreglados, o la planificación central. Estos pueden ser necesarios en determinadas emergencias, pero es a costa de la vitalidad. Esta es una proposición empírica en psicología social y creo que la evidencia es en gran medida a su favor. En general, el uso del poder para hacer un trabajo es ineficiente justamente en el corto plazo. El poder extrínseco inhibe la función intrínseca. Como dijo Aristóteles, el “Alma es auto-movimiento.” (NdT: "Soul is self-moving")

En su libro reciente Más allá de la Libertad y la Dignidad, B.F. Skinner sostiene que estos son prejuicios defensivos que interfieren con el condicionamiento operante de la gente hacia sus metas deseadas de felicidad y armonía. (Es raro en estos días leer una reafirmación campechana del utilitarismo de Bentham). Él pierde el punto.
Lo que es objetable sobre el condicionamiento operante no es que viola la libertad, sino que el comportamiento consecuente es sin gracia y de baja calidad, así como lábil no se asimila como una segunda naturaleza. Él está tan impresionado por el hecho de que el comportamiento de un animal puede ser formado en absoluto para actuar de acuerdo con el objetivo del entrenador, que no se puede comparar el desempeño con el comportamiento inventivo, flexible y maduro de la respuesta y la iniciativa de los animales en su campo natural. Y por cierto, la dignidad no es un prejuicio específicamente humano, como piensa, sino el comportamiento ordinario de cualquier animal, airadamente defendido cuando su integridad orgánica o su propio espacio es insultado.

El deseo de la libertad es ciertamente un motivo de cambio político más fuerte que la autonomía. (Dudo que sea tan terco, da igual. Las personas que hacen su trabajo a su manera por lo general pueden encontrar medios distintos a la sublevación para continuar haciéndolo, incluyendo suficiente resistencia pasiva a las interferencias.) Para hacer una revolución anarquista, Bakunin quería, en su primera etapa, depender precisamente de los marginados, delincuentes, prostitutas, convictos, campesinos desplazados, lumpen proletariados, aquellos que no tenía nada que perder, ni siquiera sus cadenas, pero quienes se sentían oprimidos. Había suficientes tropas de este tipo en el apogeo sombrío del industrialismo y la urbanización. Pero, naturalmente, las personas que no tienen nada son difíciles de organizar y consolidar por mucho esfuerzo, y son fácilmente seducidos por un fascista que puede ofrecer armas, venganza, en el destello de un momento de poder.
El pathos de los pueblos oprimidos que codician la libertad es que, si se liberan, no saben qué hacer. No habiendo sido autónomos, no saben cómo ir hacia ello, y antes de que aprendan por lo general es demasiado tarde. Los nuevos representantes quedan a cargo, pueden o no ser benevolentes e imbuidos con la revolución, pero nunca han tenido prisa por abdicar.

La esperanza de los oprimidos está excesivamente a favor de la Nueva Sociedad, en lugar de estar obstinadamente vigilantes en hacer sus propias cosas. El único movimiento de liberación exitoso en que puedo pensar fue la Revolución Americana, hecho en gran parte por artesanos, agricultores, comerciantes y profesionales quienes tenían preocupaciones por empezar y querían deshacerse de la interferencia, y posteriormente disfrutaron de una próspera cuasi-anarquía durante casi treinta años ¾ a nadie le importó mucho el nuevo gobierno. Estaban protegidos por tres mil millas de océano. La revolución de Cataluña durante la Guerra Civil Española podría haber marchado bien, por las mismas razones, pero los Fascistas y Comunistas se hicieron en el poder.

La anarquía requiere competencia y confianza en sí mismo, el sentimiento de que el mundo es para uno. Ésta no prospera entre los explotados, oprimidos y colonizados. Por consiguiente, desafortunadamente, carece de un poderoso impulso hacia el cambio revolucionario. Sin embargo, en las sociedades liberales prósperas de Europa y América existe la posibilidad esperanzadora del siguiente tipo: Bastantes personas autónomas, entre la clase media, los jóvenes, artesanos y profesionales, no pueden dejar de ver que no pueden continuar así en las instituciones actuales. No pueden hacer un trabajo honesto y útil o ejercer una profesión noble; las artes y las ciencias están corrompidas; la empresa modesta debería perder la cabeza fuera de toda proporción para sobrevivir; el joven no puede encontrar la vocación; es difícil educar a los hijos; el talento es estrangulado por las credenciales; el entorno natural está siendo destruido; la salud está en peligro; la vida comunitaria es inane; los vecindarios son feos e inseguros; los servicios públicos no funcionan; los impuestos se despilfarran en guerra, maestros y políticos.

Entonces se pueden hacer cambios, para ampliar las áreas de la libertad de la usurpación. Tales cambios pueden ser parciales y no dramáticos, pero deben ser fundamentales; muchas de las instituciones actuales no puede ser reestructuradas y la tendencia del sistema como un todo es desastrosa. Me gusta el término Marxista “extinción del Estado”, pero debe comenzar ahora, no después; el objetivo no es una Nueva Sociedad, sino una sociedad tolerable en la cual la vida pueda continuar.

Tomado de: http://gestaltnet.net/documentos/libertad-y-autonom%C3%AD#sthash.zE5jtAKa.dpuf

martes, 13 de octubre de 2015

La dificultad en la relación de pareja: "Un amor que se pierde en una maraña de discusiones"

A la mayoría de las personas que vienen a mi consulta con dificultades en la pareja se les puede ver intacto el amor profundo que sienten hacia la otra persona por mucho que digan que apenas ya no sienten nada por el otro o que quieren romper (por supuesto, no estoy en contra de que nadie rompa una pareja, sino que hablo del amor que une a dos personas a pesar de las divergencias). El amor está al fondo intacto recubierto de una capa aislante, y con lo que se contacta diariamente es con una superficie amarga  donde habitan las discusiones perpetuas o las desavenencias que hace que nos distanciemos del otro de un modo físico o emocional, pero no del amor profundo que es algo mucho más puro. Es como si todo ese juego, esa guerra se produjese a nivel superficial, alejado de la verdad más real, el amor, el cariño profundo por esa persona que ha sido durante años nuestro compañero. Las desavenencias impiden sentir ese cariño, pero cuando se toca, cuando se bucea, y se llega a él, dejando a un lado por un momento todas las diferencias, se suele reconocer con facilidad, si hay honestidad. 
Cuando una persona sigue en pareja siempre es porque le compensa, de alguna forma recompensa, aunque nos cueste reconocerlo. Cualquier relación o mecanismo que no nos guste, se mantiene vivo porque recibe algo a cambio, si no compensase, ya no estaría en nuestras vidas. Muchas veces la otra persona nos puede ofrecer una estabilidad o una seguridad económica, una tranquilidad, una compañía, el miedo a la soledad, a la incertidumbre, a un futuro solos que nos da pavor enfrentar,…, lo que sea, es bueno reconocerlo, para verlo con más claridad.

¿Qué es lo que nos une a nuestro/a compañero/a a día de hoy?,  ¿qué es lo que nos separa y no somos capaces de aceptar?, ¿qué parte de nosotros no está trabajada y le metemos toda la carga a la otra persona?, el culpable siempre es el otro, no nosotros mismos. Es más sencillo ver los defectos y la culpa en el otro que en nosotros mismos.
Muchas veces se piensa que si el otro fuese y actuase como yo quiero, no tendría estos problemas. Simplemente con que se amoldase a mí, ya desparecería todo malestar, pero eso no es querer a la otra persona, es buscar sólo nuestro propio bienestar, y esto también es algo que cuesta ver. Estamos tan metidos en nuestras carencias que nos cuesta contactar con el otro.

Deseamos que la persona nos satisfaga, y ese deseo nos impide ver a la persona que tenemos delante.

Si se adapta a lo que tú eres y quieres, ya deja de ser el otro, se hace un fantasma de ti, pero él o ella, con su idiosincrasia, y su peculiaridad, ha desaparecido.

Muchas personas dicen: “Sólo con que renuncie a mí un poquito, ya me vale”, pero aunque sea en ese poquito, ya se ha perdido también un poquito la otra persona. La cuestión no es llevar al otro a mi terreno, y que pierda un poquito, sino facilitar la existencia de un acuerdo mutuo, en el que los dos ganen.

Existe mucha  dificultad en encontrar un consenso entre los dos miembros de la pareja, que las dos voces se hagan oír, tan válida es una como la otra, aunque generalmente lo que hacemos es lo contrario, intentar salirnos cada uno con la nuestra, anulando al otro.

Generalmente, en pareja,  las situaciones se ven  en blanco y negro, en extremos, o gano yo y pierde él, o pierdo yo y gana él, ¿por qué siempre tiene que haber un perdedor y un ganador?, ¿por qué no se llega a un consenso?, en el que como mucho, cada uno gana y pierde un poquito, o lo mejor que los dos ganemos. Si uno quiere ir a la playa y otro a la montaña, ¿qué tal si un día vamos a la playa y otro día a la montaña?, o, ¿qué tal si buscamos un sitio que tenga playa y montaña?, que los hay, o, ¿qué tal si vamos a otro sitio que nos guste a los dos y que no sea ni playa ni montaña?.

Le cuesta tanto al que siempre está acostumbrado a “ganar”, ceder, como al que se acomoda a “perder”, defender su lugar. Es un juego difícil para los dos, por eso siempre uno dirige y el otro afloja, pero a la larga esto suele generar desgaste, resquemor, e insatisfacción crónica. Carga a uno igual que al otro. Al que siempre tira, y en apariencias parece que “gana”, porque se hace lo que él quiere, le agota siempre dirigir, querría que las cosas fuesen de dos, de “dos”, pero siguiendo su deseo, y el que “pierde”, suele tener la autoestima baja, y necesita enfrentarse a ello, necesita responsabilizarse de su vida, y saber tirar hacia adelante. Éste es un juego eterno, que más que dar satisfacciones, desgasta.

En la pareja hay muchas variables a tener en cuenta. Otra es la intensidad con que se vive todo. Lo que de alguna manera, nos ocurre con todo el mundo, en la relación de pareja se vive, a veces, insoportable por la excesiva intensidad.

Si siempre hemos sido personas carentes de cariño, y necesitadas de un abrazo. Eso que siempre hemos demandado de forma anhelante en las relaciones personales de una forma más sutil, esperamos que cambie radicalmente con la pareja, creyendo que nos ofrecerá todo el bienestar que durante tiempo carecimos, así que la pareja ha de ser la pitonisa de turno, y con su bola de cristal imaginar todo lo que le gusta a la otra persona, para que sin que ella diga mucho, obtener todo lo que quiere. Es demasiada expectativa cargada en una simple y mortal persona que de poderes extrasensoriales no tiene nada, y que también tiene sus carencias, y demandará con la misma intensidad que la otra, así que están destinados a no encontrarse y desilusionarse, ya que si pides un 1000, y te dan un 100, es una decepción.

Cuando tenemos pareja nos creemos con el derecho de tener un chupete eterno que no nos puede decir a nada que “no”, algo que no ocurriría en otra relación cualquiera de amistad o familiar, así que la exigencia es total, y es tal la presión y las demandas de perfección a la que sometemos a la otra persona  que vivimos con terror el que nos pueda abandonar de agotamiento, así que el miedo a desilusionar y que nos desilusionen se vive intensamente, mezclado con exigencia, expectativas y demandas exageradas. El otro me tiene que dar TODAS las caricias que mi madre o mi padre no me dio, y esa es una carga muy pesada para la otra persona.

Generalmente se encuentran personas con un grado carencial parecido, eso no quiere decir que demanden del mismo modo, cada uno demanda a su manera, y la mayoría de las veces de forma muy diferente, para poder soportarlo, ya que dos que demandan de la misma forma, suelen no soportarse, así que al demandar de manera diferente, se toleran, pero también se aíslan, no se entienden, ya que, por otra parte, su lenguaje es distinto.
Si uno, por ejemplo, demanda espacio para ser, independencia en sus movimientos, y el otro pide cariño y apego para sentirse querido, entenderán el respeto y el bienestar de forma diferente. El chico, que es el que generalmente demanda más libertad y espacio para hacer lo que le guste, sin tanto apego ni contacto corporal, entenderá el cariño y bienestar cuando la otra persona le ofrece lo que él quiere, es decir más libertad y desapego, que le dejen estar con sus amigos, a su aire, sin tanto reproche… y sentirá el contacto prolongado (abrazos, caricias, besos…)  como algo  más intrusivo que la mujer que generalmente lo demanda de forma más intensa, con más necesidad.

El contacto lo viven de forma diferente (generalizo de esta forma, hombre o mujer, porque es lo que frecuentemente me encuentro en mi consulta, pero por supuesto que se da hombres necesitados de abrazos, y mujeres más desapegadas). Él no necesita el contacto tan continuado como ella, y la mujer, generalmente entenderá el cariño desde el contacto y el abrazo continuo, así que están predestinados a no entenderse, y muchas veces a creer que el otro no le respeta y no le quiere, si no le da lo que necesita. SE CONFUNDE  AMOR CON LA FORMA EN QUE UNO AMA. Si una persona no da caricias, y la otra las quiere, ésta última entiende que  NO LE QUIEREN si no es acariciada, y esto sí es una distorsión, porque no ve que CADA UNO QUIERE  A SU MANERA.
Generalmente las carencias las traemos de casa, y con ellas nos encontramos en pareja, dificultando mucho el encuentro real con el otro. Aquello que buscamos tan desesperadamente en otras personas es lo que no nos dieron de pequeño, y lo reproducimos en relaciones posteriores con amistades, con relaciones de cualquier tipo bien sea laborales, de amistad, con hermanos….., la diferencia con la pareja es la intensidad. Tiene una intensidad parecida a la relación primaria, a la de la madre, y aquello que no se vio cumplido con ella, se demanda en el otro. Así que la relación de pareja es una caricatura perfecta de aquello que nos ocurrió y nos ocurre en la vida en menor intensidad, y por ello más soportable. Lo bueno y lo malo en la pareja se vive más fuerte que en otras situaciones, por eso la pareja vale mucho como trampolín para trabajar toda nuestra vida. Es, en cierta manera, como si trabajásemos con la madre, que es la conexión más fuerte, más dolorosa, y más amorosa terapéuticamente hablando. Es como si trabajásemos con la madre pero actualizada, y ésa es una herramienta valiosísima para trabajarnos a nosotros mismos completamente, que es en definitiva lo que nos hará más libres y más felices, centrados para afrontar cualquier situación de la vida con cierta confianza y autoestima, lo que hará que actualicemos nuestras necesidades, sin volcarlas todas en la otra persona que consideramos como nuestra tabla de salvación, y que sin ella la vida no tiene sentido, aunque ni nos guste nuestra vida en pareja.

En el fondo de cualquier insatisfacción, de cualquier problema, estamos nosotros y nuestras dificultades. De lo que se trata es de encontrar recursos para vivir la vida de una forma más autónoma, sin tantas expectativas, y exigencias puestas en la otra persona que nos permita aflojarnos, y disfrutar más de la vida, tanto en pareja como libremente. La vida no se reduce a dos personas, es más extensa, es inmensa. Existe mucha gente, mucha diversión,…, y aunque nuestra pareja sea nuestro centro donde órbita todo, al menos que sea un centro nutritivo, no algo neurótico, una relación que te facilite la vida, no que te la empeore, es decir, lograr vivir más sueltos, más libres, más responsables de nuestra vida, menos dependientes y apegados, y en definitiva, que es de lo que se trata, disfrutar más de esa compañía sin tanta distorsión. La pareja puede ser un aprendizaje brutal para la vida.

Cuando hablaba de que existe un amor profundo en todas las parejas que yo haya visto, es así, eso no significa que esté a favor de que todas las parejas han de seguir juntas, y buscarse. Puedes amar mucho a una persona, y entender que ya no tiene sentido seguir juntas, o puede ser que al ver ese cariño latente todavía creas que merece la pena luchar por lo que hay. Eso depende de cada uno. De lo que sí estoy en contra es de estar juntos por estar, estar muriéndose en pareja. Si no se puede o no se quiere ver nada más, mejor pasar página, y buscar otra vida antes de continuar languideciendo absurdamente toda el tiempo al lado de alguien con el que te pasas el día peleado, en reproches continuos. Eso es una vida sin sentido, tirada.

También puntualizar que si una persona no trabaja sus carencias, repetirá una y otra vez sus neuras aunque haya cambiado de persona. En muchas ocasiones uno dice “¿cómo es posible que se me repita esto una y otra vez con diferentes parejas?. Si uno no cambia, es difícil que pueda cambiar el entorno. Atraes lo que eres. Primero hay que cambiar, y después te vendrá la persona adecuada a lo que eres.

Dori Pena Gayo – Psicóloga y Terapeuta Gestalt
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viernes, 2 de octubre de 2015

Editorial - Octubre 2015: Yo soy Yo... Tu eres Tu.

YO SOY YO…TU ERES TU…

En el tránsito de mi experiencia por esto de la Psicoterapia Gestalt, una de las cosas màs importantes aprendidas  tiene que ver con esta frase de la Oración Gestáltica del maestro Fritz Perls.

Aprender que como ser único, especial e irrepetible poseo un cúmulo de potencialidades, la mayoría por ser descubiertas aún, que hacen de mi lo que soy, y que es justo ese abanico de potencialidades, unido al otro abanico de potencialidades pertenecientes al otro, también probablemente por ser descubiertas lo que hace que el encuentro entre dos seres humanos se convierta en un acto mágico de contacto de conocimiento reconocimiento y  experiencias que me facilitan continuar mis descubrimiento y mi proceso de individuación.

En esta sociedad, tan convulsionada por tantos agentes externos que limitan nuestra capacidad de contactar con lo que nos rodea, la necesidad de reconocer-Me y reconocer-Te desde nuestra cotideanidad es lo que en definitiva nos hará creer que es posible vivir en un mundo diferente, donde cada uno de nosotros sea capaz de expresar-Se  y expresar-Le al otro sus emociones, sentimientos, sensaciones y acciones para en conjunto construir la realidad que queremos compartir y vivir.  Se hace indispensable que volvamos la mirada y retrocedamos al encuentro de esas diferencias individuales que nos hacen únicos y que nos  permitirán encontrarnos en eso que es esencial y que tanto TU como YO queremos, compartimos y deseamos, nuestra Humanidad.

Sin duda, la mayor crítica a la Psicoterapia Gestalt a lo largo del años ha sido, desde mi criterio, su marcado individualismo, crítica a mi parecer injusta, ya que si algo es indispensable en el proceso de acompañamiento Al ser humano, es la necesidad de reconocerme frente al otro ser humano desde eso que nos hace únicos en esa relación compartida, por eso YO SOY YO Y TU ERES TU, te necesito a ti OTRO y tù me necesitas a MI, YO, para saber que soy lo que soy y por eso soy diferente a ti, que tù eres lo que eres y por ello eres y seràs diferente a mi… No existo, si tu no existes, no soy si tù no eres. La definición de mi SER como único e irrepetible, te necesita obligatoriamente a tì para diferenciarnos, reafirmarnos, acercarnos y con- vivir.

Desde esta òptica, lo peor que nos està pasando como humanidad, es que en nuestro afán de competir y no de covivir, estamos enfrascados en el objetivo de eliminarnos unos a otros, negándonos y negando nuestra existencia, como eres difrente a mi y a lo que pienso, no existes, por ello, necesito acabar contigo… Si te niego, si no te reconozco, no me importa lo que sientas, lo que pienses, lo que seas, eso no es la Gestalt. La oración gestáltica, desde mi humilde experiencia no solo reafirma mi unicidad como ser humano, sino que potencia la relación YO-OTRO, con la finalidad de Experienciarnos, Reconocernos y Convivir mutuamente, eso es madurez…

Por esta razón es que mi encuentro con la Psicoterapia Gestalt ha sido la vía para fortalecer mi crecimiento, madurar mi capacidad de darme cuenta y así poder acompañar realmente al otro en ese de seguir creciendo y madurando…

Estamos condenados a ser libres y sólo lo lograremos cuando estemos en la capacidad de discernir lo que nos encuentra y nos separa del otro, sino pretender eliminarlo o aniquilarlo, sencillamente cuando aprendamos a reconocerlo, ya que en esa medida es que yo estoy destinado a reconocerme.

Cristina Alfonzo
Psicólogo Clínico
Psicoterapeuta Gestàltico



martes, 22 de septiembre de 2015

Cómo ser conscientes de nuestras sensaciones sin rechazarlas


Por: Sarrió Arnandis, Clotilde
Psicoterapeuta Gestaltico - Madrid España

Es frecuente iniciar una sesión de terapia preguntándole al paciente cómo se siente y que éste, rápidamente, responda con un «bien» convencional, estándar e involuntario que muy pocas veces reflejará su verdadero estado anímico, pues so siempre somos conscientes, no ya de cómo nos sentimos sino de las sensaciones y emociones que pueden estar haciéndonos sufrir.

¿Qué son las emociones? Cómo explorar y descubrir las emociones

Es un hecho que el ser humano, aunque hable con frecuencia de las emociones e incluso de sus propias emociones, no sea consciente en la mayoría de las ocasiones de que las siente o de que éstas repercuten en su estado anímico y en su vida de relación.
Las emociones son ciertas reacciones de índole tanto psicológico como fisiológico, que plasman la adaptación del individuo ante ciertos estímulos (recuerdos significativos, vivencia de un suceso, percepción de lugares, objetos o personas). Psicológicamente, las emociones influyen en la atención y en las respuestas del individuo, así como también, fisiológicamente, modulan una batería de respuestas biológicas que van desde el lenguaje verbal y no verbal hasta manifestaciones del sistema nervioso autónomo como la frecuencia cardíaca y respiratoria, la salivación, la contracción de los músculos de fibra lisa (digestivos, urinarios, respiratorios), la sudoración, la dilatación de las pupilas o la rubefacción facial entre muchas otras respuestas de nuestro organismo.

Desde una perspectiva conductual, las emociones establecen en cada momento nuestro posicionamiento ante el entorno, y provocan en el individuo respuestas de aproximación o de alejamiento ante ciertas personas o situaciones. En estas respuestas, además de las características individuales definitorias de cada persona, influirá la educación que se haya recibido así como el ámbito sociocultural del grupo donde cada cual se desarrolla desde el nacimiento hasta la adultez.

Diferencias entre emociones y sentimientos

Aunque, por su similitud, las emociones y los sentimientos suelen ser confundidos y utilizados como dos términos conceptuales indistintos, hay ciertas diferencias que los identifican.

  • Los sentimientos son un estado de ánimo de índole afectivo, por lo general de larga duración, que surge a partir de las emociones experimentadas como consecuencia de nuestra vida de relación. Aunque en lenguaje coloquial utilicemos la palabra sentimiento para expresar ciertas experiencias sensoriales subjetivas, en el ámbito de la psicología, dicho término se aplica a aquellas experiencias subjetivas (como amor, celos, dolor o sufrimiento ) que son fruto de las emociones.
  • Las emociones son expresiones de tipo psicológico, fisiológico, biológico o también consecuencia de estados mentales consecuencia de la adaptación del individuo a los estímulos procedentes del exterior (seres, objetos, situaciones).


Generalmente, las emociones son causadas por la liberación de ciertas hormonas y neurotransmisores (dopamina, serotonina, noradrenalina, cortisol y oxitocina) que luego convierten las emociones en sentimientos. Es decir, es el cerebro quien se encarga de convertir las hormonas y neurotransmisores en sentimientos.

Las emociones tienen una carga de intensidad muy superior a los sentimientos, duran menos tiempo que éstos y tienen la misión de incitar a que el individuo actúe. Como ejemplo de emociones podemos citar la alegría, la tristeza, la felicidad, la sorpresa, la ira, el miedo, el asco o el asombro.

En Terapia Gestalt y siguiendo a Jean Marie Robine, la emoción se contempla como el punto de partida de toda experiencia que acaba manifestándose en forma de sensación física o corporal.

Tres diferencias básicas entre sentimientos y emociones
  • Los sentimientos duran más que las emociones, pero son menos intensos que estas.
  • Los sentimientos son consecuencia de las emociones.
  • Los sentimientos son la valoración que conscientemente hacemos de nuestras emociones, mientras que éstas son reacciones fisiológicas y psicológicas que surgen como consecuencia de ciertos estímulos.


No es lo mismo sentir que pensar

“No podemos amar si no podemos sentir, expresar dolor y rabia o bajar la guardia, del mismo modo que no podemos decir un sí rotundo si no somos capaces de decir igualmente un no de todo corazón”
(Michael Vincent Miller)

Consideremos que una represión constante y reiterada de las emociones (y por ende de los sentimientos por ellas generados) será causa frecuente de diversos conflictos emocionales.

Las sensaciones y las emociones son elementos fundamentales de una serie de conflictos que pueden hacernos sufrir y que no solucionaremos si no sabemos como hacer frente a las sensaciones y las emociones que les son inherentes.

En ciertas técnicas de psicoterapia, muchas veces se interviene en base a los pensamientos y a la acción aunque prescindiendo de qué es lo que el individuo siente, o bien, en el caso de que los sentimientos sean contemplados, se haga sólo con la finalidad de poder controlarlos. Estas técnicas, a la larga, suelen ser ineficaces ya que no trabajan con la comprensión de las causas emocionales generadoras del problema que origina el sufrimiento.

Resulta frecuente en la práctica psicoterapéutica que a los pacientes les cueste expresar como son sus emociones (tanto la alegría como la tristeza, el miedo…) y que las localicen en lugares convencionales como en el corazón o en el alma, cuando lo cierto es que las emociones y los sentimientos sólo se sienten en el cuerpo y no se piensan ya que, si así sucediera, serían pensamientos pero no emociones ni tampoco sentimientos.

Aprender a identificar las sensaciones

Consideremos las siguientes premisas:

  • No es necesario el conocimiento intelectual de lo qué es una emoción para tener la capacidad de sentirla
  • Emociones y sentimientos diferentes son muchas veces denominados con idénticas palabras por distintas personas (es frecuente que esto suceda cuando un paciente trata de explicarnos su ansiedad).
  • Para conocer, descubrir, explorar y redescubrir las emociones, no es necesario pensar sino sólo sentir.
  • Serán sensaciones todo aquello que se siente y su verdadera esencia la hallaremos en lo que sentimos cuando prestamos atención a nuestro cuespo y no a las palabras (dolor, quemazón, frío…) que empleamos para explicar a los demás lo que sentimos.
  • Las sensaciones siempre están presentes en nosotros aunque no seamos conscientes de ellas por no prestarles atención (por ejemplo, no ser consciente en este preciso momento de lo que se siente en el dedo meñique de nuestro pie derecho).


Un buen principio para tomar consciencia de las propias sensaciones y emociones es ejercitarse en la observación de las señales físicas que nos envía nuestro cuerpo, es decir, las sensaciones corporales. Probemos como ejemplo a sentir ese dedo meñique al que acabamos de hacer referencia hasta que seamos capaces de ser conscientes de su existencia.

Conforme se adquiere destreza en prestar atención o “darse cuenta”, las sensaciones van aumentando en intensidad. Pero, consideremos que también se intensifican las sensaciones cuando hay un estímulo intenso (por ejemplo una herida en el dedo del pié) que envía señales de malestar o dolor. En estos casos, sucede que a una persona entrenada en la identificación de sus sensaciones le será mucho más fácil controlarlas e incluso soportar mejor el dolor si previamente se ha adquirido la habilidad de saber rechazar las sensaciones desagradables.

Sensaciones corporales, emociones y pensamientos

Diferentes variedades de sensaciones en diferentes partes del cuerpo humano pueden ser interpretadas con diferentes respuestas emocionales por un individuo en una determinada situación.

En estas ocasiones, las sensaciones corporales estarán expresando emociones, y tendrán una estrecha relación con los pensamientos, de tal modo que un pensamiento que evoque un recuerdo desagradable podrá ocasionar sensaciones desagradables. Y también a la inversa, ciertas sensaciones desagradables a las que prestemos una excesiva atención, podrán predisponernos a pensamientos desagradables.

Si se ejercitan las habilidades necesarias para conocer los mensajes que nos envía nuestro propio cuerpo, le prestamos atención y aprendemos a autoexplorarnos sin rechazar lo que nos ocurre, será posible comprender cada vez mejor a nuestro cuerpo y aquello que descubramos será más fácil de asumir así como más improbable que nos genere pensamientos que nos hagan sufrir.


Clotilde Sarrió – Terapia Gestalt Valencia

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